LA
GLOBALIZACIÓN: DESAFÍOS FILOSÓFICOS*
Yamandú
Acosta .**
Los
"desafíos filosóficos" son fundamentalmente desafíos
de discernimiento. "Desafíos filosóficos" en el sentido
fuerte de la expresión, implican siempre relación a problemas
y no meramente referencia a temas. Los temas bien pueden dar lugar a
mejores o peores análisis y en el mejor de los casos constituyen
un desafío intelectual. Los problemas en cambio, al afectar de
manera radical la condición humana, sin dejar de configurar desafíos
intelectuales, se articulan al interior de la dimensión propiamente
filosófica del pensamiento humano, la que involucrando sin lugar
a dudas un logos, lo hace también con un pathos
y un ethos integrados con ese logos, que dan la talla
de la radicalidad de tal pensamiento filosófico.
En
principio, la "globalización" no se presenta como un tema más
para ser elaborado intelectualmente desde distintas disciplinas o desde
una articulación interdisciplinaria o transdisciplinaria, sino
como un problema o conjunto de problemas que parecen conmover la existencia
humana de modo radical a escala planetaria, por lo que más que
a la dimensión intelectual del pensamiento, interpela estrictamente
a su dimensión filosófica.
Para
poder dar cuenta con aproximaciones plausibles y significativas de este
problema -o conjunto de problemas- que bajo el rótulo "globalización"
satura a nivel comunicativo el espacio público, la dimensión
filosófica del pensamiento debe ser capaz de discernir los caminos
idóneos para hacer efectiva su vocación de "reflexión
sobre la totalidad de lo real que puede naturalmente conducir a una
apertura sobre el conjunto de los posibles". Ello supone que, sin renunciar
a la matriz disciplinaria de la filosofía misma que supone relación
con una tradición que se reconoce como tal o, con una serie de
tradiciones entre las cuales el reconocimiento no es tan cierto; se
debe profundizar la apertura en dos direcciones. Por un lado la apertura
a otras matrices y tradiciones disciplinarias, sin relación con
las cuales es filosóficamente imposible intentar aproximaciones
con pretensiones de plausibilidad y significatividad a una problemática
que se presenta con elevado grado de complejidad: los lugares epistemológicos
de la interdisciplina y de la transdisciplina deben ser promovidos desde
la disciplina misma, sin por ello saltearse alegremente las cuestiones
de la inconmensurabilidad, sino asumiéndolas como problemas de
mediación que deben ser rigurosamente debatidos y razonablemente
resueltos en tanto condición de posibilidad para intentar abordar
con eficacia el problema o los problemas que motivan el esfuerzo. Por
otra parte , no de manera subsidiaria a la anterior, sino como cuestión
central, habida cuenta de que tanto las tradiciones disciplinarias,
como las perspectivas interdisciplinarias y transdisciplinarias se han
venido formulando y reformulando intramuros de la "ciudad letrada" que,
sea de manera intencional o no intencional, constituye un espacio de
poder; se trata de vehiculizar una apertura hacia otros lugares sociales
y culturales, más precisamente aquellos que resultan afectados
extramuros de la misma, sea por efectos de naturaleza intencional, sea
por otros de naturaleza no intencional de su irradiación sobre
la totalidad social y cultural. Se trata aquí de la mediación
que configura el lugar sociocultural que, si bien debe ser discernido
desde el lugar epistemológico de la disciplina, la interdisciplina
o la transdisciplina, debe al mismo tiempo articularse como última
instancia para el discernimiento de este último. En esta segunda
vía de apertura, el esfuerzo de pensar hacia esos lugares sociales
y culturales (explotados, marginados, excluidos, mujeres, jóvenes,
campesinos, minorías étnicas, etc.), debe apuntar a encontrar
sus criterios en el pensar desde los mismos. Pensar desde
estos lugares sociales y culturales, para quienes como es el caso de
quien aquí se expresa no le nació la conciencia como a
Rigoberta Menchú, implica un esfuerzo por asumir esas otras perspectivas
de alteridad, sobre cuya feliz realización en definitiva solamente
podrían opinar con propiedad las alteridades afectadas. Se trata
de articular pensamiento teórico desde esos lugares sociales
y culturales, cuya palabra social y culturalmente fundada debe pronunciarse
sobre la pertinencia y apropiación del mismo para el discernimiento
de las múltiples formas de la dominación.
Tanto
para la apertura interdisciplinaria como para la apertura intercultural,
no se dispone de mejores procedimientos que los que hacen a la vida
democrática. Pero tampoco puede soslayarse el modo como la democracia
procedimental resulta condicionada por elementos sustantivos de asimetrías
de diversa naturaleza que conspiran contra la identidad sustantivamente
democrática del debate procedimentalmente democrático.
La conclusión no debe pasar por la negativa al consenso democrático.
Tampoco se puede apelar al llamado al disenso como modo de articulación
democrática: porque se trata de un llamado que se destruye a
sí mismo y, porque el disenso va de suyo en sociedades heterogéneas,
fragmentadas y asimétricas frente al consenso democrático
que opera "como estrategia y como utopía". De lo que se trata
es de transformar condiciones sustantivamente antidemocráticas
buscando ensanchar los márgenes de maniobra de los procedimientos
democráticos: de esa manera las transformaciones sustantivas
encuentran legitimidad en su acotamiento procedimental y la lógica
procedimental resulta crecientemente legitimada en la medida en que
el ajuste del comportamiento de los agentes sociales y políticos
a las reglas en ella estipulada posibilita la transformación
de elementos sustantivamente antidemocráticos en dirección
al referente trascendental de la plenitud democrática.
La
globalización se presenta como un problema complejo, de allí
la necesaria articulación interdisciplinaria o transdisciplinaria
. También como una situación y tendencialidad que
afecta a todos, de allí la necesaria articulación de un
espacio intercultural o transcultural que signifique fundamentalmente
caminos de ida y vuelta idóneos para sortear los muros de "la
ciudad letrada".
Desde
la matriz disciplinaria de la teoría del discurso se ha sugerido
que el carácter omnipresente de la palabra `globalización´,
en función de su permanente circulación en los medios,
podría aconsejar dejarla de lado para discernir la realidad con
mejores perspectivas que las que puede eventualmente arrojar el costoso
esfuerzo del desmontaje y desdramatización de las implicaciones
reales o presuntas de la palabra en cuestión. Desde una matriz
filosófica en la línea de la filosofía para
la liberación se ha señalado la eventualidad de acuñar
desde nosotros mismos nuestro propio juego de lenguaje que nos
permita abordar "con cabeza propia" en el sentido más fuerte
posible, el problema o conjunto de problemas presentados en el término
"globalización" acuñado por el pensamiento hegemónico
o de la dominación en su propio juego de lenguaje que se globaliza,
como una vía más para globalizar su hegemonía
o dominación.
Sin
descuidar la plausibilidad de uno y otro señalamiento y con ello
el desafío implicado en las alternativas planteadas, se entiende
que no es posible proceder a un adecuado discernimiento de la globalización
sin recurrir a la palabra `globalización¨. . En todo caso
habrá que tener en cuenta la distancia que media entre las cuestiones
de palabras y las cuestiones de hechos, evitando que las
primeras sustituyan, enreden u oculten a las segundas; pero elaborándolas
lo más afinadamente posible para facilitar mejores aproximaciones
a estas últimas. En la misma dirección habrá que
tener presente la distancia que media entre el uso y la mención
de los signos. A través de la mención de `globalización´
se tratará de aclarar su significado o sus significados,
para optimizar la comprensión de su sentido o sus sentidos
en ocasión de su uso.
Ensayando
una apertura interdisciplinaria, a partir particularmente, de la lectura
del analista egipcio en materia política y económica Samir
Amin, del sociólogo alemán Ulrich Beck, del demógrafo
holandés Wim Dierckxsens, del filósofo argentino Enrique
Dussel, del sociólogo y politólogo norteamericano David
Held, del economista y teólogo alemán Franz Hinkelammerty
del sociólogo y antropólogo brasileño Renato Ortiz,
sin descuidar el consejo cartesiano de buscar en el libro del mundo
- no solamente en el mundo de los libros - y fundamentalmente en uno
mismo; me permito establecer algunas aproximaciones sobre la cuestión
de la globalización. Para efectuar las mismas,
la distinción propuesta por Ulrich Beck entre globalidad ,
globalización y globalismo, parece constituir un adecuado
punto de partida.
La
globalidad, como relacionamiento social planetario, que se articula
con distinto ritmo e intensidad en los distintos niveles (ecológico,
económico, político, técnico, cultural) comienza
a configurarse como proceso de expansión y transformación
a partir de los primeros viajes transoceánicos que vehiculizan
la transición al capitalismo.
La
consolidación de la globalidad coincide de hecho con
la consolidación del capitalismo, sistema de producción
y de reproducción de la vida humana que por la compulsividad
expansiva que esencialmente lo distingue de sistemas anteriores, está
transido al mismo tiempo por la apertura y la totalización.
Por la apertura, porque siempre necesita de nuevos espacios y por la
totalización, porque los nuevos espacios son inevitablemente
subsumidos en la lógica del sistema , de manera tal que la totalización
realizada impulsa nuevamente a la apertura. La cuestión de los
límites del capitalismo, pasa entonces por cuánta totalización
y apertura y cuánta apertura y totalización siguen siendo
posibles. No debe perderse de vista que apertura y totalización
no suponen procesos de carácter solamente cuantitativo sino también
cualitativo, por lo que toda nueva apertura puede motivar una nueva
modalidad de totalización y toda nueva totalización una
nueva modalidad de apertura.
En
la consolidación de la primera modernización, que implica
fundamentalmente la fase industrial desde que la fase mercantil es fundamentalmente
de transición, la globalidad capitalista supone un discernimiento
entre economía y política que institucionalmente se expresa
en el monopolio del Estado en la articulación del sentido de
la vida social, del mercado interno y del mercado mundial , en éste
último caso, en función de la fuerza, hegemonía
y capacidad de negociación entre los estados.
En
consecuencia, la globalidad en la primera modernización presenta
por la mediación política a través del Estado,
el sentido socialmente fuerte de los proyectos nacionales, que intrafronteras
suponen, en el marco de una lógica de inversión productiva,
un fortalecimiento de la integración social por la implicación
sistémica de la lógica antisistémica de los sectores
subalternos, a través de su capacidad de negociación derivada
del papel que cumplen en relación a la lógica del capital;
extrafronteras, esos proyectos nacionales articulan una globalidad que
se discierne en función de una lógica inter-nacional (o,
más rigurosamente interestatal). En ese escenario, la
articulación y la negociación de las relaciones sociales
a escala mundial, pasa centralmente por el sistema internacional en
esa misma escala, cuyos referentes claves son los Estados nacionales
y sus organizaciones mundiales.
El
proceso de la segunda modernización se caracteriza por una relativa
pérdida de protagonismo de los estados nacionales, frente al
creciente protagonismo de los grupos económicos trasnacionales.
Esa pérdida de protagonismo que supone para los estados nacionales
distintas formas y grados de subordinación frente a los grupos
de poder trasnacionales, altera las lógicas intraestatales que
transitan de la integración social a la precarización
y exclusión crecientes de los sectores subalternos por la pérdida
de capacidad de mediación política estatal, todo lo cual
supone una fuerte fragmentación y desintegración social.
Completan el cuadro, la nueva lógica del capital que abandona
la inversión productiva y se concentra en la inversión
financiera de carácter más fluctuante y deslocalizable,
también la pérdida de capacidad negociadora de los sectores
subalternos que además de resultar crecientemente prescindibles
para el capital, cuentan cada vez menos con las garantías del
amparo estatal. En la nueva situación, la lógica sistémica
parece haberse transformado en una lógica de hierro que no admite
alternativas.
En
lo referente a la negociación de las relaciones sociales a escala
planetaria en la sociedad mundial, el sistema internacional que
mantenía cierto grado de gobernabilidad sobre las mismas, se
ve fuertemente afectado por la articulación de un nuevo sistema
trasnacional que se coloca más allá de la lógica
política de los estados y los gobiernos, respondiendo a la lógica
económica propia de los grupos económicos que lo lideran.
Se
asiste así a un desgobierno a escala planetaria. El espacio
de negociación propio del sistema internacional de
la primera modernidad, se transforma en el espacio de guerra
de los negocios propio del sistema trasnacional de la segunda
modernidad. La lógica de la guerra parece enseñorearase
del planeta en una no declarada guerra mundial de nueva especie.
La
globalidad en el curso de la segunda modernización que
se identifica con la fase expansiva del capital financiero, constituye
la globalización en el sentido más acotado de la
expresión. A diferencia de las modalidades anteriores de la globalidad,
la globalización es irreversible en función de
la fuerza de la articulación entre sus diversos niveles. No obstante,
la irreversibilidad de la globalización en curso, no implica
la ineluctabilidad de su tendencialidad visible y previsible: la globalización
no necesariamente supone el grado de necesidad con que la presenta el
globalismo. No se trata de negar la globalización,
se trata de discernirla apuntando a revertir las tendencias negativas
que en la misma se potencian cuando el posicionamiento hacia ella procede
de una aceptación acrítica de la lectura promovida por
el globalismo.
La
lectura del globalismo en un mismo movimiento totaliza la globalización
económica y niega la política. La respuesta crítica
que puede salirle al cruce proponemos bautizarla como antiglobalismo:
sin negar la importancia de la globalización económica
, rechaza en cambio la pretensión de su totalización.
Ante esa pretensión totalizante y totalitaria se trata de desplegar
la performatividad de cada diferencial de modernidad que
la mundialización como proceso cultural supone para cada
concreto social atravesado por esa globalización económico-tecnológica.
Frente
a la negación de la política por su reducción a
la economía, se trata como en la primera modernidad, aunque en
el marco de las condiciones determinadas por la segunda modernidad,
de recuperar la política como "arte de lo posible".
Esa recuperación, central para el despliegue teórico-práctico
del antiglobalismo, requiere enfrentar y resolver el desafío
que supone determinar convenientemente el estatuto de la utopía.
Ante la distorsión que significa haber transformado a la política
en "arte de hacer posible lo necesario", que de hecho significa
la renuncia a la política como arte y su sustitución
por una técnica, señala Hinkelammert que, quien
renuncia a la utopía, quien "no se atreve a concebir lo imposible,
jamás puede descubrir lo que es posible . Lo posible resulta
del sometimiento de lo imposible al criterio de la factibilidad". Una
vez indicado lo imposible, es decir la utopía como
concepto trascendental y en consecuencia condición de posibilidad
para la construcción de lo posible, Hinkelammert plantea con
precisión los límites de la racionalidad política
, teniendo en cuanta las cuales pueden evitarse tanto lo que podríamos
caracterizar un irracionalismo por defecto como un irracionalismo por
exceso desde los contornos de esta específica racionalidad. El
irracionalismo por defecto consistiría en una angostamiento
pragmático por apego a lo dado de manera actual o virtual, de
tal manera que el revinidicado realismo pragmático de
quienes así proceden implicaría un vaciamiento de sentido
tanto del realismo como del pragmatismo que invocan para
legitimar ese proceder. El irracionalismo por exceso radicaría
en el desborde ingobernable del utopismo consistente en la pretensión
de realizar la utopía, legitimando en esa pretensión el
proceder que promete a través de pasos finitos realizar empíricamente
lo imposible. En vez del vaciamiento de sentido al modo del pretendido
realismo pragmático, que en esta sensibilidad generalmente
no se reivindica, hay una inflación del sentido de la política
que como idealismo utópico en lugar de sacrificar lo posible
por el repliegue a lo dado, arriesga sacrificar no solamente lo posible,
sino también lo dado por su salto hacia lo imposible. En un contexto
en el cual diversos intentos de tomar el cielo por asalto, no solamente
no han logrado el cielo, sino generaron nuevos infiernos en la Tierra,
el realismo pragmático vaciado de realismo y pragmatismo
en los sentidos pertinentes a la especificidad de la racionalidad
política, se impone con la seguridad que impone la normatividad
de lo fáctico, frente a la incertidumbre o, peor aún,
la amenaza vivida como cierta de nuevos infiernos en la alternativa
de la normatividad de lo utópico propia del idealismo
utópico que arriesga con lo real-posible lo real-actual por
su pretensión reñida con la racionalidad política,
de realizar lo imposible. Entre el irracionalismo por defecto y el irracionalismo
por exceso, de modo no ecléctico se impone El realismo en
política como arte de lo posible, en el que la racionalidad
política se despliega hasta sus fronteras pero sin rebasarlas:
"No será posible una política realista a no ser que ella
sea concebida con la conciencia de que sociedades concebidas en su perfección,
no son sino conceptos trascendentales a la luz de los cuales se puede
actuar, pero hacia los cuales no se puede progresar. Por lo tanto, el
problema político no puede consistir en la realización
de tales sociedades perfectas, sino tan sólo en la solución
de los muchos problemas concretos del momento.
Por
consiguiente, la ilusión de poder realizar sociedades perfectas
es una ilusión trascendental que distorsiona el realismo político.
Tal ilusión trascendental se supera únicamente por una
crítica que revele el carácter trascendental de los conceptos
de perfección pero sin pretender renunciar a ellos. Esto por
cuanto al solucionar problemas concretos hay que pensar la solución
de ellos en términos de una solución perfecta, para poder
pensar así realistamente en qué grado es posible acercarse
a su solución en términos de su posibilidad. Sin pensar
la solución en su perfección no es posible la solución
posible, mientras que la ilusión empírica en relación
a la solución perfecta distorsiona y oscurece de nuevo lo posible.
La
política como arte de lo posible contiene, por tanto una crítica
a la razón utópica sin la cual no es posible establecerla".
Plantear
correctamente el estatuto de la utopía y en relación
al mismo las condiciones de posibilidad y los límites de la racionalidad
política, además de permitir discernir críticamente
la lectura que el globalismo efectúa de la globalización
como figura de la globalidad en curso, al habilitar el ejercicio
sólidamente fundado del arte de lo posible como alternativa
a la negación de la política en que consiste la concepción
de su ejercicio como arte de hacer posible lo necesario, permite
también plantear las condiciones de posibilidad del desafío
ético fundamental condensado en la pregunta "¿Qué
debo / debemos hacer? ", dada su estrecha vinculación
con el desafío político fundamental condensado en la pregunta
¿Qué puedo / podemos hacer?. En efecto, al poder dar respuesta
a la pregunta "¿Qué puedo / podemos hacer?" en términos
de factibilidad no solamente técnica sino también
política, se han generado las condiciones de posibilidad
que al conferir sentido a la pregunta "¿Qué debo / debemos
hacer?", no solamente la justifican , sino que confieren legitimidad
a la exigencia por lo que se debe hacer en tanto que se puede: "El deber
sigue al poder, no le precede". Ahora bien, ¿cuál es la condición
para que inequívocamente un deber hacer se derive de un
poder hacer?: "...un deber se sigue del poder solamente en el
caso de que haya una sola alternativa, que puede ser también
el común denominador de un conjunto de alternativas posibles.
Lo decisivo es la polarización entre lo posible y lo imposible,
y, a partir de Marx, el criterio límite entre lo posible y lo
imposible es el criterio de la reproducción de la vida humana
real y concreta. La sociedad que no puede asegurar tal reproducción
es imposible, y sólo son posibles aquellas sociedades que se
ajustan en su estructura a las necesidades de la reproducción
de la vida humana real".
Aquí
se introduce explícitamente un criterio de racionalidad,
el de la reproducción de la vida, del cual debe decirse
que no se opone a la racionalidad instrumental, sino que al mismo
tiempo que depende de ella por la conveniente articulación de
los medios que la misma optimiza para la realización de los fines,
determina sus condiciones de posibilidad, pues sin la "última
instancia" de la "reproducción de la vida humana real y concreta",
la racionalidad instrumental huérfana del criterio de la racionalidad
reproductiva, podría tendencialmente orientarse a la destrucción
de la vida comprometiendo tendencialmente su reproducción, al
no ver mas allá del circuito medios-fines. Con la distinción
entre la racionalidad instrumental y la racionalidad reproductiva,
con la conciencia de la necesaria articulación entre ambas, se
dan las condiciones para un discernimiento ético entre una ética
rigorista de principios o ética del cumplimiento de la
ley por un lado y una ética de la responsabilidad por
las consecuencias concretas de la acción, por otro:
el cumplimiento de leyes y principios que configura un marco de racionalidad
necesario no debe absolutizarse hasta el extremo de un cumplimiento
del mismo que implique efectos negativos para la vida concreta del ser
humano y la naturaleza, sino que desde la perspectiva actual o potencial
de esos efectos, la ética de la responsabilidad en sentido
sustantivo (que es la responsabilidad por la vida concreta) debe
proceder al discernimiento de la ética de la responsabilidad
en sentido procedimental (que es la responsabilidad por el cumplimiento
de la ley): frente a la ley "que mata" como criterio de universalismo
abstracto, se trata de afirmar la vida real como criterio concreto de
universalidad.
Desde
que el despliegue de la lógica económica de la globalización
presenta efectos actuales y previsibles destructivos (sin por ello afirmar
que los mismos sean intencionales ni negar que también presente
muchos efectos actuales y potenciales constructivos y productivos),
ello da mérito a su intervención en la línea de
una lógica política propiamente tal, que no se limite
a ser el rostro político de aquella lógica económica.
Porque se puede, se debe poner en juego una ética de la responsabilidad
por la vida en el planeta, frente a la ética del mercado que
al absolutizar sus leyes y totalizarse, amenaza tornar la vida imposible.
El criterio de la reproducción de la vida que desde la
perspectiva de la ideología del globalismo y su ética
del mercado se pretende descalificar como atavismo tribal que distorsiona
la racionalidad; desde la perspectiva del antiglobalismo tiene
que enfatizarse como el criterio de racionalidad que al no ser tomado
en cuenta por la totalización sistémica del globalismo
, puede hacer que esta potencie exponencialmente una racionalidad
que amenaza desenvolverse irracionalmente al poner tendencialmente bajo
amenaza de muerte a la realidad de la vida, condición de toda
racionalidad.
En
el escenario posible del crecimiento exponencial de la destructividad
de esa lógica de guerra presentada como la racionalidad económica
sin el respeto a la cual se pretende que la vida humana sería
imposible, se trata demostrar que quien debe ser respetada para que
la vida humana sea posible es la vida humana misma y la de la naturaleza
como su condición misma de posibilidad, haciendo de ese respeto
sustantivo el criterio de discernimiento del respeto procedimental a
las leyes del mercado. Ante ese escenario del cual la realidad actual
presenta indicadores más que sintomáticos, el arte de
lo posible pasa por construir las mediaciones que en principio permitan
al menos acotar los efectos visualizados como más comprometedores.
Esto
supone "la vuelta del sujeto" a través del discernimiento crítico
de la totalización sistémica y sus expresiones institucionales,
que en su línea tendencial negativa dominante al negarlo bajo
su articulación como totalidad ausente, le confieren no intencionalmente
una nueva radicalidad a su emergencia por la que el posibilismo alternativo,
pasa por la articulación de nuevas mediaciones institucionales
que se abran a la totalidad de lo real sin pretensión totalizadora.
El sujeto no puede prescindir de las instituciones, pero las instituciones
en última instancia deben estar al servicio de la vida del sujeto:
frente a una institucionalidad que se verifica como negadora y excluyente
se trata de articular una institucionalidad afirmadora e incluyente.
Para ello el criterio de la vida del sujeto que implica al circuito
reproductivo de la totalidad de lo real no totalizable, debe configurarse
bajo el control del sujeto mismo, convertido en la "última instancia"
para discernir las instituciones, de manera tal que el despliegue de
la lógica institucional, no configure nuevas negaciones del sujeto
y, con ellas, nueva frustración de sus posibilidades.
Las
ideas de Estado-mundo con ciudadanía-mundo (Dierckxsens,
1997: 114-121), de democracia cosmopolita (Held, 1997: 265-338),
Estado trasnacional o "soberanía incluyente" (Beck, 1998:
184-190), sistema político global (Amin, 1999: 19-26)
en el contexto de la globalización en curso bajo la hegemonía
de la idelogía del globalismo, se orientan con distintos
acentos en esa dirección.
No
obstante dificultades y obstáculos actuales y previsibles, en
esa dirección en la medida en que se pueda, se debe caminar.
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