II CORREDOR DE IDÉIAS - II CORREDOR DE LAS IDEAS

INTEGRAÇÃO E GLOBALIZAÇÃO

 

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IDENTIDAD Y GLOBALIZACION

Hugo E. Biagini

 

Resulta cada vez más notoria la gravitación que ha adquirido el concepto de identidad -junto a sus múltiples significados- para el conocimiento crítico y para el llamado saber vulgar, tanto en lo concerniente a la vida individual y colectiva como a los intereses disciplinarios expuestos por las humanidades y las ciencias empíricas. En el presente contexto se incursiona en ambas perspectivas gnoseológicas: la sistemática y la espontánea. Por otro lado, se analiza un fenómeno contrastante de gran actualidad: el proceso de globalización y las tesis principales que el mismo ha ido generando.

Cuestiones nominales

Para que cada uno pueda ser identificado con relación a los demás se ha recurrido a los nombres propios y a las variadas opciones que trae aparejada su misma implementación. Entre tales tradiciones y cargas terminológicas se hallan cuatro filiaciones principales que, durante muchos siglos y en diversos idiomas, han apuntado explícitamente hacia el nombre agregado o apellido:

la carta geográfica, el locus originario (Tales de Mileto, Alejandro de Macedonia, Escipión el Africano, Jesús de Nazareth, Francisco de Asís, Antonio de Padua, Leonardo Da Vinci, Ruy Díaz de Vivar, Arcipreste de Hita, Lazarillo de Tormes, Isabel de Castilla, Pedro de Mendoza, Cyrano de Bergerac, Erasmo de Rotterdam, Jaime de Mora y Aragón).

el enrolamiento familiar (los sufijos 'ez', 'son', 'sen', 'ian', 'ich' u 'ova', así como el prefijo 'ben' o como equivalente a hijo o hija de -Álvarez, Johnson, Andersen, Kalpakian, Blascovich, Pablova, Ben Gurión). Vocablos como 'junior' o 'ibn' también se usan para indicar descendencia. la actividad laboral (Marcos Sastre, Fabián Herrero, Kuno Fischer, Marc-Antoine Charpentier los rasgos morfológicos o temperamentales (Ricardo Corazón de León, Enrique el Navegante, Federico Barbarroja, Iván el Terrible, Juana la Loca, Felipe el Hermoso, El Manco de Lepanto, Catalina la Grande, Guillermo el Taciturno, El Tigre de los Llanos).

En cuanto al primer nombre -el de pila, bíblico o "cristiano"- emergen acepciones vinculadas a motivos religiosos o políticos, v.gr., la tendencia verificable en países como el Uruguay, de fuerte tradición laicista y masónica que, para diferenciarse de las orientaciones ultracatólicas, han evitado el santoral recurriendo a vocablos indígenas o sajones (Yamandú, Tabaré, Walter, Washington, Nelson en lugar de nombres como Salvador, Cruz, Pedro, Nazareno, María, Magdalena, Ángeles, Trinidad y tantos otros por el estilo). Contrario sensu, se han adoptado apelativos insospechablemente canónicos para eludir las cazas de brujas desatadas por la Inquisición o el nazismo (San o Santa...). Entre los núcleos de izquierda y especialmente en el campo anarquista ha sido muy frecuente el empleo de nombres emblemáticos como Giordano Bruno, Sol Libertario, Luz, Lumen, Idea, o quien ha puesto a sus ocho hijos las mismas iniciales, por ejemplo, R.D. para alentar la causa de una Revolución Democrática (Ricardo Darío, Rosa Delia...).

En situaciones de conquista o evangelización, se han aplicado nombres que reflejan imágenes serviles, tal cual sucede con el apelativo Viernes usado para designar a ese personaje autóctono encontrado por Robinson Crusoe en la obra de Defoe durante dicho día de la semana, o anteriormente al Calibán sometido por Próspero en La Tempestad de Shakespeare. Aun en la década de 1920, ciertos misioneros llamaban a los aborígenes chaqueños -en definitiva a los percibidos como "naturales"- con referentes cosificadores tomados del medio circundante: Margarito, Azucena, Rosita, Selva (Itatí). También se ha recurrido a los próceres para rebautizar a esclavos manumitidos (Simón Bolívar, José de San Martín), mientras que en Roma se agregaba la expresión 'puer' al nombre del amo para trasuntar el grado de sumisión (Lucipuer, siervo de Lucio). En otros encuadres se ha acudido a los elementos de la naturaleza, con una carga menos vasallática, para indicar correlato espacial o anhelos de belleza, tal como sucede por antonomasia en japonés: Sasajima (isla de bambú), Yamamato (montaña), Kikuyo (jazmín, hermosa como esa flor).

El nombre y el apellido por separado o una combinación de ambos sirven a veces para reflejar modas, estado civil, condición social, ídolos públicos, situaciones límites o ritos de iniciación. Así en Costa Rica puede observarse, junto con apellidos bien castizos, nombres de pila como Grace o Jacqueline (por G. Kelly y J. Kennedy). En Argentina, los nombres Eva y Juan Domingo, por los dos adalides del peronismo; Malvina, Soledad o Victoria, por las islas que desencadenaron la guerra con los ingleses; Diego Armando, por Maradona, o Ernesto, al igual que en muchos otros países, por el Che Guevara. Así como en el mundo hispano-parlante se ha empleado el nombre 'Expósito' para designar a los niños huérfanos abandonados en un lugar público, en Estados Unidos se ha utilizado el 'John Doe' y en Francia se ha recurrido al nombre de la ciudad o poblado con idéntico propósito. En sectores humildes se han adoptado nombres exóticos provenientes de los culebrones televisivos para aplicarlos a su prole (Emmanuel, Alex, Jonatahn, Abigail). Al cruzar la línea ecuatorial, se acostumbra rebautizar a los marinos con nombres como Delfín, Orca, Mojarrita y otros símbolos acuáticos semejantes. Por último, así como se apela a los números ordinales para establecer sucesiones dinásticas -Humberto Primo-, también se los aplica a otros casos más corrientes: Sixto Palavecino, Segundo Sombra.

Por diversos razones, el recurso a los nombres propios si bien no han perdido su importancia, se ha ido vaciando en buena medida el sentido primigenio que exhibían cuando primaba la pertenencia a un grupo, lugar o profesión, por encima de lo estrictamente personal, sin dejarse de pagar por ello un alto costo identitario.

La crisis contemporánea

En nuestros días, con tantas inclinaciones individualistas, se evidencia una doble preocupación que posee distintos márgenes de legitimidad. Por un lado, el afán de autoconocimiento, de responder al quiénes somos, para lo cual se acude a las variantes más heterogéneas: desde el psicoanálisis y los tests hasta el examen de las cartas astrales, los naipes, el sueño, la letra, las manos, la borra y otros sucedáneos. Por otra parte, existe el impulso a realizarse, a encontrarse uno mismo, a lograr una satisfactoria estimación tanto corpórea como mental, sin que en este terreno tampoco se repare demasiado en la disparidad de los procedimientos en juego: físico-culturismo, dietología, adipometría y lipoescultura, aerobics, gemoterapia, juegos de azar, orientación vocacional, técnicas orientales, drogas alucinógenas, amuletos, meditación trascendental, autoayuda, sectas mesiánicas, iglesias electrónicas y carismáticas, comunidades naturistas, clubes sociales o hinchadas deportivas. (En la Argentina existe el Sindicato Único de Terapeutas Alternativos, que cuenta con miles de miembros). Entre los cambios más obvios y rotundos experimentados por los modelos de realización personal o grupal se halla el rol que ha asumido la mujer media frente a sus clásicas funciones maternas y domésticas, junto al esfuerzo de readecuación que ello le demanda a los varones.

A veces tales comportamientos, con su mayor o menor grado de estereotipia y presión social, caben ser interpretados como frívolas expresiones del narcisismo y el hedonismo contemporáneos, de la falta de objetivos e ideales; en otras circunstancias se insinúan como dispositivos o estrategias posmodernas de filiación en un tiempo donde, si bien cuesta adquirir sólidas identidades, se observan en cambio una miscelánea de medios plurales de personalización que antes cumplían la política o los sistemas holísticos de creencias para el grueso de la población mundial. Según lo puso de manifiesto Gilles Lipovetsky en La era del vacío, "la gente quiere vivir en seguida, aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo".

¿Se trata efectivamente del pasaje de una sociedad disciplinaria y homogeneizadora a otra posmodernista donde mueren las ideologías, se acicatea lo heterogéneo y las búsquedas reales de autoconciencia o más bien nos hallamos frente a nuevos condicionamientos para fragmentar o desintegrar las identidades existentes?. ¿Asistimos al nacimiento del hombre light, que sustituye a los antiguos dioses por el mercado, el celular, el auto importado y la educación privada; ese personaje que no conoce para cambiar o rectificar rumbos y que sólo actúa bulímicamente bajo el efecto del síndrome de la cebolla, por el cual termina identificándose con la vestimenta, los tatuajes o la coloración estridente del cabello? ¿Representan meramente casos aislados las declaraciones de una política argentina, madre de un desaparecido, cuando, al preguntársele por qué no se operaba las profundas ojeras de su rostro para mejorar su imagen ante los medios, contestó que no pensaba hacerlo porque dichas huellas correspondían a sus muchos desvelos en el enfrentamiento contra la violación de los derechos humanos? ¿Habrá cesado la alienación desmenuzada por Marcuse cuando atribuía la misma al exceso de consumo y a las falsas necesidades que llevan a organizar nuestra existencia en función de los anuncios, a amar y odiar lo que otros aman y odian?

A la inveterada crisis de la adolescencia y la senectud, se añade la de la mediana edad, con muchos sujetos disconformes por no haber seguido una vocación o porque, pese a cumplimentarse las inclinaciones básicas, su efecto no fue tan valedero como se aguardaba. A tanto conflicto identitario se añade el que adviene ya desde la niñez, no sólo ante fenómenos tan extremos como la prostitución infantil sino frente a realidades más cotidianas en las cuales se aceleran los procesos evolutivos de maduración cuando los chicos entre ocho o diez años empiezan a actuar como adultos, vistiéndose de grandes y concurriendo a los mismos salones de entretenimiento que sus mayores.

No en vano se ha considerado la crisis de identidad como uno de los indicadores más representativos de este siglo, con su tendencia a la deshumanización, con el predominio del utilitarismo sobre la solidaridad. Si el desempleo, según lo han planteado autores como Vivianne Forrester, viene a cancelar hasta el mismo horizonte de posibilidades característico de la juventud, el exilio y los movimientos migratorios no sólo han alterado el sentimiento de pertenencia sino que han producido un fuerte desarraigo. Para otras apreciaciones, si bien el lavado de cerebros ya no es imputable exclusivamente a los regímenes represivos, cabe imaginar una nueva distopía en la cual no se puede apartar la mirada del escenario simbiótico de la TV ni librarse del bombardeo informático que nos lleva a suponer que navegamos por todos lados mientras apenas rozamos las cosas. Hasta los enfoques morigerados no dejan de adherir al balance pesimista que nos muestra a la gente atrincherada en su propio bunker, saturada por la cultura de los deliveries, donde se recibe desde la comida y los elementos recreativos hasta la misma educación formal en todos sus niveles:

La afirmación más fuerte de la modernidad era que somos lo que hacemos; nuestra vivencia más intensa es que ya no es así, sino que somos cada vez más ajenos a las conductas que nos hacen representar los aparatos económicos, políticos o culturales que organizan nuestra experiencia [...] Vivimos en una mezcla de sumisión a la cultura de masas y repliegue sobre nuestra vida privada (A. Touraine, ¿Podremos vivir juntos?)

Conceptuaciones menos refractarias hacia el proceso de globalización se perfilan en los trabajos de Fernando Ainsa, quien, sin admitir el pernicioso saldo económico de ese proceso y sin renegar del valor operativo de la utopía, recupera en cambio diferentes aspectos implícitos en nuestra actualidad, como el hecho de que el mundo contemporáneo agudice la multiculturalidad y la propensión errante del ser humano, la apertura y atracción hacia el "otro", o favorezca el bilingüismo que se ha configurado en numerosas comunidades, a consecuencia de los exilios, migraciones y otros fenómenos similares. En definitiva, para pensadores como Ainsa, dicha globalización, al albergar grandes caudales identitarios, con nacionalidades compartidas y otros factores similares puede llegar a constituir un verdadero desafío más que un obstáculo insalvable. Si por un lado existen fuertes tendencias a establecer personalidades inducidas, mediáticamente o por otras vías diversas, no debe desestimarse la alternativa de que se forjen nuevas identidades desde la sociedad civil y los propios individuos.

En síntesis metafórica, a la luz de la globalización no sólo cabe replantear la subsistencia de de otro síndrome conocido: el del estornudo, según el cual, ni bien el Norte comienza a manifestar signos de resfrío, el Sur debe someterse a terapia intensiva. Además puede constatarse que, cuando el primero goza de buena salud, el otro frecuentemente mantiene o incluso refuerza sus padecimientos. Sin embargo, no deja de resultar un ingrediente novedoso la existencia de crecientes malestares propios de la periferia dentro del seno mismo de las metrópolis más avanzadas.

Caracterización

Para comprender la identidad cultural en toda su amplitud deben manejarse dos criterios fundamentales. Un parámetro clave atiende las diferencias entre generaciones y los derechos o peculiaridades que van del reino inorgánico al mundo animado, de la niñez a la ancianidad, de los sanos a los minusválidos, de la hetero a la homosexualidad. Se intenta aproximarse aquí a todo aquello que ha sido expresado en distintas ocasiones con afirmaciones como las siguientes: "Per tanto variare Natura é bella" (Renacimiento), "Hasta el pelo más delgado hace su sombra en el suelo" (refranero gauchesco), "Small is beautiful" (hippies), "Estamos aquí porque ustedes estuvieron antes allá, ocupando nuestras tierras" (dichos actuales de los africanos al procurar instalarse en suelo europeo). Cabe evocar entonces los enfoques que explican el devenir de misma la identidad cultural como producto del choque con un mundo colonial en el cual grupos muy disímiles se amalgaman para reivindicar una nacionalidad en común.

La otra variable resalta el polo de la unidad y la permanencia, el complemento ineludible de percibir y salvaguardar todo lo humano más allá de las particularidades, sin que ningún país o grupo social le corresponda abrogarse la facultad de encarnar a la civilización o la cultura subestimando al resto de la población mundial. Ni siquiera el propio pueblo -tantas veces concebido como una muchedumbre desdeñable y amorfa- puede exigir las máximas reparaciones y erigirse en motor privilegiado de la historia, ante las reservas con que hoy deben juzgarse las categorías sustancialistas. Aqué se está recuperando en definitiva la impronta que testimonian ciertas proclamas antirracistas ("Somos todos judíos o...mestizos") y de reivindicación ocupacional ("Somos todos inmigrantes o...docentes").

Aunando esa doble vertiente, podrá entonces postularse la identidad como una noción que, soslayando el fundamentalismo, implique la idea de unidad en medio de la diversidad, un sostenido impulso humanizador y democrático que, promoviendo condiciones más equitativas de vida, incluye la afirmación individual y comunitaria. Se trata de una tónica que cabría ser ilustrada, por ejemplo, con algunas declaraciones recogidas en el Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo celebrado en Chiapas hacia 1996. En ese evento no sólo se denunciaron, como mitos neoconservadores, el "compite y triunfarás" o el "consumir es existir"; también se articuló allí una plataforma principista a favor de la intersubjetividad y renuente a los axiomas sobre la toma compulsiva del poder:

El precio de nuestra vida no es una alcaldía, una gobernatura, la presidencia de México o la presidencia de la ONU o cualquier equivalente [sino] un mundo donde puedan caber todos los mundos [...] Detrás de nosotros estamos ustedes. Somos los mismos ustedes. Detras de nuestros pasamontañas está el rostro de todas las mujeres excluídas. De todos los indígenas olvidados. De todos los homosexuales perseguidos. De todos los jóvenes despreciados. De todos los migrantes golpeados. De todos los presos por su palabra y pensamiento. De todos los trabajadores humillados. De todos los muertos de olvido. De todos los hombres y mujeres simples y ordinarios que no cuentan, que no son vistos, que no son nombrados, que no tienen mañana.

Semejante visión de la identidad, como presupuesto regulador y como una complejísima construcción histórica, tiende tanto a fomentar la pertenencia a una comunidad como a defender la singularidad de la persona; apunta hacia una relación menos conflictiva del individuo en su medio social y hacia una capacidad de definición que sobrepase el rubro cuasi mayoritario del "no sabe o el no responde" de las encuestas al uso. Sin descartar la relevancia que ha cobrado el mundo interior tras las oleadas colectivistas, subsiste la necesidad de desempeñar otros papeles fuera del ámbito íntimo o familiar si nos proponemos alcanzar un desarrollo menos pasivo de nuestra identidad.

Tipología

Fuera de los encuadres maniqueos, si se asume el carácter metodológico, directriz y virtual que contiene la cuestión identitaria, puede refrendarse la distinción entre una faceta encubridora y un perfil más legítimo de la misma.

En el primer caso, corresponde establecer a su vez otra divisoria conceptual. Así se han planteado identidades negativas, al incorporar parámetros enajenantes como los que se han dado en nuestro continente desde la Escolática al determinismo geográfico y racial, desde las prerrogativas oficiales para el cristiano viejo -sin mácula de moro o judío- hasta la condena positivista del arte y la religión, desde la reacción contra la ciencia y la racionalidad hasta el entronizamiento económico de los Chicago Boys. Ya sea en nombre del Evangelio ya en aras del Progreso se ha ido propagando una concepción distorsionante de lo americano, reforzada tanto por dicotomías que celebran la inteligencia y rectitud de las élites ante la instintividad y la amoralidad de las masas como por postulaciones que invalidan nuestras aptitudes civiles para justificar así la dominación transnacional y el hegemonismo de intra muros. Resulta casi un lugar común referirse a que no sólo en los textos de historia y geografía sino que en la misma filosofía occidental -considerada como el saber crítico por excelencia- se ha intentado demostrar a pie juntillas la superioridad de los países de clima frío y nevado -asociados con el ejercicio de la libertad- frente a las regiones próximas a los trópicos, donde impera la anarquía, la sensualidad y la indolencia.

De similar retahila argumentativa se han munido diversos intelectuales latinoamericanos que fueron impugnados por sufrir de parasitismo y daltonismo europeos. Así, a comienzos de siglo, un influyente ensayista, Agustín Alvarez, en su Manual de Patología Política, mientras pone por las nubes a los anglosajones como enérgicos y honestos, tilda a los sudamericanos de farsantes y embusteros natos que escudan su inconducta en manifiestos o protestas: "El bien por el bien (...) no ha tenido cultores ni admiradores en estos pueblos" (p. 205). Según lo trajo a colación Cecilia Sánchez, durante épocas más cercanas, en el Chile aislacionista de Pinochet, un profesor de ese país -Joaquín Barceló- rechazó la existencia misma de una filosofía y hasta una visión de la realidad propiamente latinoamericanas, haciéndose eco de los planteos trasnochados sostenidos por Ernesto Grassi sobre el carácter ahistórico, primitivo y demoníaco de nuestra América -sinónino de materia y naturaleza- frente a una Europa en tanto epítome de la cultura y la civilización. Recientemente, siguiendo el triunfalismo de Occidente, han surgido diversas voces que vuelven a erigir a este último en el único agente inspirador de valores para la humanidad, mientras se asegura que se ha reiniciado la era del avance indefinido.

Al mismo tiempo, se suele aludir a otra variante identitaria análoga, de carácter difuso, que consiste no tanto en adoptar paradigmas antagónicos -al estilo del malinchismo cultural-, sino en debatirse en una búsqueda interminable de alternativas, mutando permanentemente los modelos identificatorios en juego, tal como ha ocurrido con la historia de Bolivia, cuando la gente se acostaba allí con un gobierno y se levantaba con otro.

Finalmente, otra modalidad problemática, volcada hacia el escepticismo, viene a poner en tela de juicio el mismo concepto de identidad, invalidando los paradigmas generales y la psicología colectiva. Durante los años sesenta pueden señalarse algunas embestidas frontales contra la caracterización global de los pueblos que, para estudiosos como José Antonio Maravall -en polémica con Salvador de Madariaga-, no contenía sino proposiciones irreales, una empresa quimérica fuera del orden literario y de la contienda política, especialmente cuando se reduce en un sólo haz de cualidades a naciones tan complejas como las actuales. Poco después, en un simposio sobre Sociología de los Intelectuales organizado por el Instituto Di Tella en Buenos Aires, César Graña consideró las tesis identitarias como ilusorias y engañosas, pues, para él, quienes aluden a la americanidad y a la mexicanidad sólo emiten un gesto retórico y caen en una falacia antropológica por enfocar a las culturas con cristal organicista. Según Graña, desde Bilbao, Martí, Darío y García Prada hasta Ricardo Rojas, Vasconcelos, Haya de la Torre, Mallea u Octavio Paz, todos han trasuntado una excesiva pasión ontologicista hacia lo arquetípico y hacia los pronunciamentos, sin poder captar las transformaciones desencadenadas por la modernización:

abocados a "esenciales" problemas del intelecto y de la sensibilidad que, a causa de su misma "profundidad", pueden ser considerados, en cierto sentido, insolubles. Desde esta ventajosa posición, el "problema de la identidad" se transforma en un instrumento natural de "legitimación" para aquellas formas de imaginación intelectual que se autodesignan guardianas y propietarias de los aspectos más inaccesibles de la experiencia humana (p. 69)

Ocasionalmente, no se ha cuestionado tanto la posible existencia de una idiosincrasia nacional como su reiterada aplicación con fines autoritarios y demagógicos, admitiéndose entonces la alternativa de que una nación se halle en condiciones para elegir su propia vía de desarrollo. Así se objetan las formulaciones ideológicas sin desestimar las concepciones basadas en la producción cultural y la defensa de patrones espirituales que, junto con sus portadores, se encuentran en peligro de extinguirse ante los mecanismos desequilibrados de modernización. Ello da pie para introducirse en una imagen más genuina sobre la identidad.

Al examinar las diversas connotaciones que puede revestir una identidad auténtica o ideal, deben retomarse ciertos rasgos afines con ella que fueron propuestos inicialmente, como el proceso activo de humanización y democratización, junto a una doble estimativa: de diferenciación y continuidad, de unidad en la diversidad, más allá de barreras étnicas, geográficas o sociales.

Asimismo, la temática identitaria no puede desligarse de los problemas políticos o económicos, de la tenencia del poder y la distribución de la riqueza, pues se halla íntimamente ligada a la toma de conciencia nacional y a las realizaciones sociales. Primordialmente, la identidad, en su faceta más positiva, implica un aprehender la realidad, con su cúmulo de contradicciones, para mejorar sensiblemente las condiciones y la calidad de vida, para readecuar estrategias como los que esbozara Gandhi -"La India tiene que vivir en un clima, dentro de un marco y según una literatura que sean propias suyas, aun cuando no valieran tanto"-; sin suponer por ello el imperativo de cerrarse a todo lo exógeno. Bajo tal acepción, el proceso identitario se asemeja a la utopía, en tanto ambas representan intentos o aspiraciones para modificar el orden existente.

La génesis de esas formas identitarias en nuestra América ha contado con diversas expresiones: desde los movimientos insurreccionales previos a las guerras emancipadoras y campañas como las de Bolívar para que constituyamos un pequeño género humano hasta los empeños finiseculares para diferenciarnos de los poderes opresivos, empeños retomados por las vanguardias artísticas y por el prodigioso ideario de la Reforma Universitaria y, ulteriormente, por algunas corrientes tercermundistas .

Tales demandas son replanteadas hoy por los sectores populares en relación con los nuevos proyectos de integración regional o a partir de las demandas sustentadas por los movimientos cívicos emergentes. Entre esas agrupaciones autogestionarias se alternan aquellas más tradicionales como el sindicalismo independiente, las entidades cooperativas y las organizaciones estudiantiles, junto a los nucleamientos feministas o de género, indígenas, ecológicos, pacifistas, de derechos humanos, las ONGs, las PYMES y tantos otros agentes sociales que han convertido los reclamos identitarios en un asunto plenamente vital que trasciende con holgura los estrechos planteamientos discursivos de la intelligentsia en quienes parecía centrarse toda la cuestión.

De ese vasto arsenal protagónico, extraemos un hito del campesinado en Costa Rica: una movilización que en la década de 1980 llevan a cabo los productores de alimentos básicos (arroz, frijoles, maíz) para preservar su trabajo y su participación en los programas tecnológicos ante el ajuste estructural impuesto por las privatizaciones y las importaciones. En dicha circunstancia pudo observarse, en una de las mantas que se llevaron a la marcha rural, ciertas proposiciones que compendian lo que se ha pretendido sugerir sobre una concepción afirmativa de identidad:

No somos aves para vivir del aire.

No somos peces para vivir del mar.

Somos hombres para vivir de la tierra.

El multipoderío de la globalización

Al estilo de lo que ha sucedido con la palabra identidad, el término globalización ha venido a ocupar un papel preponderante tanto en el ámbito académico como en la existencia cotidiana. Así no sólo se habla de teorías o ideologías de la globalización sino también de tiempos y de una conciencia de globalización. Paralelamente, se recurre a un sinnúmero de expresiones como globalismo, globalidad y régimen globalitario; civilización, mundo, sociedad, Estado, gobierno, aldea, tribu, empresa y hasta casino globales; nuevo orden capitalista global; globalización regional o global, globocolonización; etcétera.

Asociada habitualmente con el neoliberalismo, con el único discurso estructurado disponible en medio de la crisis de las concepciones omnicomprensivas, diversos enfoques le han atribuido a la globalización una amplia gama de propiedades y consecuencias:

sustitución de la política por la economía, implantación ecuménica del mercado, librecambismo, privatizaciones y transnacionalización del capital;

recolonización del planeta vía empréstitos internacionales y manipulación de la opinión pública;

extinción de los Estados soberanos, de los espacios aislados y las identidades regionales;

xenofobia, fundamentalismo, estallidos separatistas y segmentación;

eclipse de los derechos y conquistas sociales, aumento de la explotación y el desempleo;

división de la humanidad en solventes e insolventes, en info-ricos e info-pobres dentro de la órbita comunicacional;

predominio de la razón tecnocrática, competitiva y utilitaria, incremento de prácticas esotéricas, domesticación de universitarios e intelectuales;

neoccidentalismo y neoeurocentrismo, aplastamiento de las culturas locales, macdonalización del mundo, unificación de los modos de vida.

Más allá de la validez integral de tales apreciaciones, parece revertirse la tendencia originaria a equiparar la globalización con una panacea universal y recrudecen los planteos críticos en torno suyo. Mientras se le adjudica al neoliberalismo la pretensión de erigirse en un "pensamiento único", se concibe al capitalismo tardío globalizado como una variante totalitaria y productora de enormes desigualdades. Se estaría en definitiva asistiendo a la gestación del llamado sistema PPII, con sus cuatro caracteres -planetario, permanente, inmediato e inmaterial- que pueden evocar atributos primordiales de una divinidad modernosa guiada por valores monetarios, multimediáticos y ciberculturales.

En asuntos puntuales, se han expedido categóricamente, autores de distintas orientaciones. Dentro del amplio espectro liberal, mientras Guy Sorman reconoce que "hay actualmente una concentración del poder de decisión económico y financiero de una manera totalmente monopólica" y que "nuestras economías son dirigidas por la Bolsa de Nueva York", Mario Bunge no ahorra sus ataques a la globalización:

La libertad de comercio favorece principalemente a los exportadores más poderosos [...]

casi todas las barreras interrnacionales para el tránsito de personas siguen en pie. Más aún, muchos estados las están reforzando [...]

La basura cultural que exportan los Estados Unidos está desplazando a la buena producción nacional [...]

la globalización de que tanto se habla es parcial y unilateral. Habría que hablar más bien de inundación de las naciones periféricas por las centrales [...]

En resumen, lo único que atraviesan libremente las fronteras son el capital financiero, las malas costumbres y los gérmenes patógenos.

Desde perspectivas más radicalizadas, se han ido reforzando las condenas. Ernesto Cardenal nos advertía en un poema: "Igual que si se dice rosa o se dice Rusia / eso lo influencia la oficina 5600", aludiendo con ello a la oficina en el rascacielos del Rockefeller Center donde se planifican los principales negocios y conspiraciones del planeta. Más recientemente, Noam Chomsky, denunciando la excluyente política neoliberal, ha señalado que el gobierno mundial se halla en manos de los organismos crediticios y las grandes corporaciones, las cuales violan la misma disciplina del mercado y son entidades autoritarias, con su mando centralizado, que manejan la propaganda y el control de la mente, que se valen de los estados para extraer altísimos beneficios y sojuzgar a la gente, que internacionalizan la producción para obtener mano de obra cuasi impaga y que sus inversiones están volcadas básicamente hacia la especulación.

Otros analista, como Slavoj Zizek, terminan aseverando que la dinámica extra e intraterritorial de las empresas globales ha eliminado la oposición entre metrópolis y países dependientes, que sólo hay colonias y que todos viviremos en repúblicas bananeras. Si bien Zizek se sorprende de que los socialdemócratas le sugieran al sector capitalista que respetarán el modelo y que harán la misma gestión que los conservadores pero sin tanto sufrimiento para la población, no deja de sostener que, en medio de la globalización actual, resulta de hecho imposible cuestionar la lógica del capital, ni siquiera con un modesto intento para redistribuir la riqueza -en un mundo donde la quinta parte mas acaudalada de la población cuenta con el 80% de los recursos y la quinta parte más indigente con apenas un medio por ciento de ellos, donde 500 millones de pudientes se enfrentan a 5.000 millones de carenciados prácticamente exentos de los beneficios de la producción y el consumo, donde los ingresos diarios oscilan de 2,5 dólares en el área asiática del Pacífico a unos 200 dólares en naciones como Alemania.

¿Una potencia arrolladora?

En líneas generales, estamos ante una óptica férrea que, de modos disímiles, concluye presentándonos un cuadro de parálisis terminal. No se trata mayormente de una incorrección en los diagnósticos sino de una sobrecarga determinista que tiende a clausurar las salidas y opciones alternativas. En tal sentido, diferentes interpretaciones sobre el peso hegemónico de la globalización y el neoliberalismo transmiten, por ejemplo, un concepto de América latina similar al de muchos encuadres elitistas que, visualizándola como masa caótica y vacío espiritual, le negaban carnadura ontológica y favorecían su sometimiento.

Sin embargo, no deben descartarse los tenaces esfuerzos de humanización y democratización que, como he puntualizado antes, emanan de nuestras prolongadas tradiciones renovadoras o de distintos sectores y movimientos reivindicativos contemporáneos, incluso de organismos como la UNESCO con su impugnada prédica contra la discriminación. En consecuencia, puede apostarse por la capacidad de un pensamiento utópico enraizado, más allá de los purismos culturales que pretenden sustraernos a toda forma de globalización y modernización bajo la supuesta fuerza omnímoda del giro conservador, la concentración financiera y la mentalidad hedonista.

Diversos indicadores permiten mantener una postura menos fatalista. Entre ellos, la preocupación que insinúan los directivos del Banco Mundial y el Fondo Monetario para fortalecer el Estado y amortiguar las grandes disparidades sociales, la crisis educativa, la drogadicción, la violencia y la criminalidad; el estado de alarma que afrontan las propias empresas por no asumir el desafío de la pauperización y el desempleo ni las agudas tensiones entre poseedores y poseídos; la percepción de que el libre mercado no asegura en sí mismo el crecimiento ni la estabilidad; el temor exhibido por magnates como David Rockefeller de que los gobiernos recuperen su rol proteccionista ante una sociedad civil ajena a la maximación de las ganancias, o la advertencia de uno de los principales responsables de la derrota comunista, Lech Walesa, sobre que las injusticias del capitalismo amenazan con provocar nuevas revoluciones, pues "el dinero es la autoridad suprema, las máquinas echan a la gente a la calle, los empresarios llevan una vida muy cómoda mientras sus obreros pasan hambre". En suma, crecen las dudas en torno a la ortodoxia monetarista y se infiere que la misma, lejos de implicar un mayor adelanto, condena a la gente a la desnutrición y a peores condiciones de vida, estimándose v.gr. que con la aplicación de esas políticas de ajuste los adolescentes mexicanos han perdido casi dos centímetros de estatura durante los últimos quince años.

Por otro lado, cabe redimensionar la importancia que ha adquirido en estos tiempos globalizados las movilizaciones y la sempiterna lucha por los derechos humanos que se vienen librando desde distintos frentes y escenarios, con proyectos como la creación en la ONU de una Convención contra las Desapariciones en tanto crímenes imprescriptibles contra la humanidad, con el arresto o enjuiciamiento en distintos países de genocidas como Klaus Barbie, Videla y Pinochet o con la difusión de las brutales prácticas racistas llevadas a cabo en Sudáfrica durante el dilatado régimen del apartheid. Asimismo, mientras se denuncia la creciente existencia del trabajo infantil, de los niños de la calle y de 300.000 chicos reclutados para matar y morir, en el Movimiento de los Sin Tierra en el Brasil, que representa a cinco millones de campesinos, unos 70.000 estudiantes aprenden nociones de reforma agraria y conflictividad social en el millar de escuelas que posee dicho movimiento dentro de sus regiones ocupadas. Existen por consiguiente varias caras de la globalización: mientras que la India produce la mayor cantidad de largometrajes en el mundo entero y en cambio el 85% de las imágenes cinematográficas que se proyectan son de origen estadounidense, las Madres de la Plaza de Mayo se han hecho ver y escuchar en casi todos los rincones del planeta. Aún más, mientras los grandes consorcios multinacionales parecen adueñarse del globo en forma unilateral, las entidades cooperativas construyen una relevante alianza por la batalla de los mercados sin renegar de la eficiencia y el capital pero proveyendo sus servicios a zonas de baja rentabilidad.

Corresponde hablar entonces de distintas modalidades que adopta la resistencia civil acorde con las circunstancias. Por una parte, ha contribuido al derrocamiento de variadas dictaduras y, con el auxilio de otra base política y económica, podría neutralizar o impedir un mundo de pesadillas, con todas las reservas y esperanzas que han puesto de manifiesto veteranos militantes como Michael Randle:

Nunca existe una garantía de que la resistencia civil vaya a tener éxito en cualquier caso dado, incluso bajo las circunstancias más favorables [...] La justicia de la causa, el equilibrio de fuerzas existente entre los contendientes, la perspicacia política de los resistentes -esos y los demás factores existentes desempeñan su papel-. Pero las comunicaciones modernas han facilitado la organización de las redes de ciudadanos para ejercer la resistencia civil, y la prensa y los medios de masas, especialmente donde se puede contar democráticamente con ellos, pueden suscitarle un gran costo político a cualquier gobierno que recurra a una represión extrema para aplastarla. Tal estado de cosas nos explica, por lo menos en bastante medida, la extraordinaria proliferación de la resistencia civil durante más o menos la última década, y su decisiva contribución a la creación de una nueva fase de las relaciones internacionales tras la Segunda guerra Mundial.

Conclusiones

En nuestro exhausto siglo XX, pese a las innúmeras experiencias igualitaristas que se dieron en él, no parece haberse cumplido el viejo sueño de una humanidad verdaderamente fusionada. Fuera de los planteos catastróficos, la mentada globalización se alterna con los más diversos separatismos, con trastornos ecológicos abismales, con la recolonización del planeta mediante empréstitos internacionales, con el retroceso de costosísimas conquistas sociales, con un Estado ultramínimo o macrobiótico que reduce impuestos a los adinerados y ajusta a los carenciados, con el hombre como lobby del hombre, con conatos restauradores para privar de legitimidad a las expresiones culturales del Tercer mundo mediante un travestismo mental donde lo exógeno siempre resulta profundamente superior a lo autóctono. Vuelve a imponerse entonces el dogma del modelo eterno y excluyente del capitalismo, fundado ahora mucho más en la prosaica sacralización del mercado autorregulable que en el ritmo fascinante de la evolución cósmica y la mano invisible.

¿Qué hacer frente a ese Estado de Malestar y al gobierno de Hood Robin, frente a los nuevos cantos de sirena que sostienen, por ejemplo, que la multiplicación de vendedores ambulantes en América Latina evidencia una innata cultura empresarial?

¡Cómo lograr esa reconstrucción del tejido social sino es mediante una utopía democrática y la reorganización popular!. Además de las alianzas políticas de los sectores progresistas junto con las PYMES, aludo a la alternativa autogestionaria de los movimientos civiles: desde las reivindicaciones que sustenta habitualmente el estudiantado y el sindicalismo independiente hasta las más novedosas demandas de quienes luchan por el reconocimiento del género, la protección de los derechos humanos y de la misma naturaleza.

Según concluyo en un capítulo de mi libro sobre Fines de siglo, la verdadera novedad histórica que debe aguardarse consiste en no seguir prendado a ningún sistema en particular, por perfecto que parezca, para que pueda emerger una atmósfera donde se atienda más cabalmente la libertad, la justicia social y las diversidades culturales.

Si no terminan por convencer demasiado las simples expresiones de deseo, apelemos al mismo peso de la historia, en la cual ha sido una actitud permanente por parte de los grupos dominantes la negación de las obvias fluctuaciones que se producen en el campo económico, creyendo en vano que siempre podrán mantener su situación de usufructuarios del poder, así como del goce y la acumulación continua.

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