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IDENTIDAD
Y GLOBALIZACION
Hugo
E. Biagini
Resulta
cada vez más notoria la gravitación que ha adquirido el
concepto de identidad -junto a sus múltiples significados- para
el conocimiento crítico y para el llamado saber vulgar, tanto
en lo concerniente a la vida individual y colectiva como a los intereses
disciplinarios expuestos por las humanidades y las ciencias empíricas.
En el presente contexto se incursiona en ambas perspectivas gnoseológicas:
la sistemática y la espontánea. Por otro lado, se analiza
un fenómeno contrastante de gran actualidad: el proceso de globalización
y las tesis principales que el mismo ha ido generando.
Cuestiones
nominales
Para
que cada uno pueda ser identificado con relación a los demás
se ha recurrido a los nombres propios y a las variadas opciones que
trae aparejada su misma implementación. Entre tales tradiciones
y cargas terminológicas se hallan cuatro filiaciones principales
que, durante muchos siglos y en diversos idiomas, han apuntado explícitamente
hacia el nombre agregado o apellido:
la
carta geográfica, el locus originario (Tales de Mileto, Alejandro
de Macedonia, Escipión el Africano, Jesús de Nazareth,
Francisco de Asís, Antonio de Padua, Leonardo Da Vinci, Ruy Díaz
de Vivar, Arcipreste de Hita, Lazarillo de Tormes, Isabel de Castilla,
Pedro de Mendoza, Cyrano de Bergerac, Erasmo de Rotterdam, Jaime de
Mora y Aragón).
el
enrolamiento familiar (los sufijos 'ez', 'son', 'sen', 'ian', 'ich'
u 'ova', así como el prefijo 'ben' o como equivalente a hijo
o hija de -Álvarez, Johnson, Andersen, Kalpakian, Blascovich,
Pablova, Ben Gurión). Vocablos como 'junior' o 'ibn' también
se usan para indicar descendencia. la actividad laboral (Marcos Sastre,
Fabián Herrero, Kuno Fischer, Marc-Antoine Charpentier los rasgos
morfológicos o temperamentales (Ricardo Corazón de León,
Enrique el Navegante, Federico Barbarroja, Iván el Terrible,
Juana la Loca, Felipe el Hermoso, El Manco de Lepanto, Catalina la Grande,
Guillermo el Taciturno, El Tigre de los Llanos).
En
cuanto al primer nombre -el de pila, bíblico o "cristiano"- emergen
acepciones vinculadas a motivos religiosos o políticos, v.gr.,
la tendencia verificable en países como el Uruguay, de fuerte
tradición laicista y masónica que, para diferenciarse
de las orientaciones ultracatólicas, han evitado el santoral
recurriendo a vocablos indígenas o sajones (Yamandú, Tabaré,
Walter, Washington, Nelson en lugar de nombres como Salvador, Cruz,
Pedro, Nazareno, María, Magdalena, Ángeles, Trinidad y
tantos otros por el estilo). Contrario sensu, se han adoptado apelativos
insospechablemente canónicos para eludir las cazas de brujas
desatadas por la Inquisición o el nazismo (San o Santa...). Entre
los núcleos de izquierda y especialmente en el campo anarquista
ha sido muy frecuente el empleo de nombres emblemáticos como
Giordano Bruno, Sol Libertario, Luz, Lumen, Idea, o quien ha puesto
a sus ocho hijos las mismas iniciales, por ejemplo, R.D. para alentar
la causa de una Revolución Democrática (Ricardo Darío,
Rosa Delia...).
En
situaciones de conquista o evangelización, se han aplicado nombres
que reflejan imágenes serviles, tal cual sucede con el apelativo
Viernes usado para designar a ese personaje autóctono encontrado
por Robinson Crusoe en la obra de Defoe durante dicho día de
la semana, o anteriormente al Calibán sometido por Próspero
en La Tempestad de Shakespeare. Aun en la década de 1920, ciertos
misioneros llamaban a los aborígenes chaqueños -en definitiva
a los percibidos como "naturales"- con referentes cosificadores tomados
del medio circundante: Margarito, Azucena, Rosita, Selva (Itatí).
También se ha recurrido a los próceres para rebautizar
a esclavos manumitidos (Simón Bolívar, José de
San Martín), mientras que en Roma se agregaba la expresión
'puer' al nombre del amo para trasuntar el grado de sumisión
(Lucipuer, siervo de Lucio). En otros encuadres se ha acudido a los
elementos de la naturaleza, con una carga menos vasallática,
para indicar correlato espacial o anhelos de belleza, tal como sucede
por antonomasia en japonés: Sasajima (isla de bambú),
Yamamato (montaña), Kikuyo (jazmín, hermosa como esa flor).
El
nombre y el apellido por separado o una combinación de ambos
sirven a veces para reflejar modas, estado civil, condición social,
ídolos públicos, situaciones límites o ritos de
iniciación. Así en Costa Rica puede observarse, junto
con apellidos bien castizos, nombres de pila como Grace o Jacqueline
(por G. Kelly y J. Kennedy). En Argentina, los nombres Eva y Juan Domingo,
por los dos adalides del peronismo; Malvina, Soledad o Victoria, por
las islas que desencadenaron la guerra con los ingleses; Diego Armando,
por Maradona, o Ernesto, al igual que en muchos otros países,
por el Che Guevara. Así como en el mundo hispano-parlante se
ha empleado el nombre 'Expósito' para designar a los niños
huérfanos abandonados en un lugar público, en Estados
Unidos se ha utilizado el 'John Doe' y en Francia se ha recurrido al
nombre de la ciudad o poblado con idéntico propósito.
En sectores humildes se han adoptado nombres exóticos provenientes
de los culebrones televisivos para aplicarlos a su prole (Emmanuel,
Alex, Jonatahn, Abigail). Al cruzar la línea ecuatorial, se acostumbra
rebautizar a los marinos con nombres como Delfín, Orca, Mojarrita
y otros símbolos acuáticos semejantes. Por último,
así como se apela a los números ordinales para establecer
sucesiones dinásticas -Humberto Primo-, también se los
aplica a otros casos más corrientes: Sixto Palavecino, Segundo
Sombra.
Por
diversos razones, el recurso a los nombres propios si bien no han perdido
su importancia, se ha ido vaciando en buena medida el sentido primigenio
que exhibían cuando primaba la pertenencia a un grupo, lugar
o profesión, por encima de lo estrictamente personal, sin dejarse
de pagar por ello un alto costo identitario.
La
crisis contemporánea
En
nuestros días, con tantas inclinaciones individualistas, se evidencia
una doble preocupación que posee distintos márgenes de
legitimidad. Por un lado, el afán de autoconocimiento, de responder
al quiénes somos, para lo cual se acude a las variantes más
heterogéneas: desde el psicoanálisis y los tests hasta
el examen de las cartas astrales, los naipes, el sueño, la letra,
las manos, la borra y otros sucedáneos. Por otra parte, existe
el impulso a realizarse, a encontrarse uno mismo, a lograr una satisfactoria
estimación tanto corpórea como mental, sin que en este
terreno tampoco se repare demasiado en la disparidad de los procedimientos
en juego: físico-culturismo, dietología, adipometría
y lipoescultura, aerobics, gemoterapia, juegos de azar, orientación
vocacional, técnicas orientales, drogas alucinógenas,
amuletos, meditación trascendental, autoayuda, sectas mesiánicas,
iglesias electrónicas y carismáticas, comunidades naturistas,
clubes sociales o hinchadas deportivas. (En la Argentina existe el Sindicato
Único de Terapeutas Alternativos, que cuenta con miles de miembros).
Entre los cambios más obvios y rotundos experimentados por los
modelos de realización personal o grupal se halla el rol que
ha asumido la mujer media frente a sus clásicas funciones maternas
y domésticas, junto al esfuerzo de readecuación que ello
le demanda a los varones.
A
veces tales comportamientos, con su mayor o menor grado de estereotipia
y presión social, caben ser interpretados como frívolas
expresiones del narcisismo y el hedonismo contemporáneos, de
la falta de objetivos e ideales; en otras circunstancias se insinúan
como dispositivos o estrategias posmodernas de filiación en un
tiempo donde, si bien cuesta adquirir sólidas identidades, se
observan en cambio una miscelánea de medios plurales de personalización
que antes cumplían la política o los sistemas holísticos
de creencias para el grueso de la población mundial. Según
lo puso de manifiesto Gilles Lipovetsky en La era del vacío,
"la gente quiere vivir en seguida, aquí y ahora, conservarse
joven y no ya forjar el hombre nuevo".
¿Se
trata efectivamente del pasaje de una sociedad disciplinaria y homogeneizadora
a otra posmodernista donde mueren las ideologías, se acicatea
lo heterogéneo y las búsquedas reales de autoconciencia
o más bien nos hallamos frente a nuevos condicionamientos para
fragmentar o desintegrar las identidades existentes?. ¿Asistimos al
nacimiento del hombre light, que sustituye a los antiguos dioses por
el mercado, el celular, el auto importado y la educación privada;
ese personaje que no conoce para cambiar o rectificar rumbos y que sólo
actúa bulímicamente bajo el efecto del síndrome
de la cebolla, por el cual termina identificándose con la vestimenta,
los tatuajes o la coloración estridente del cabello? ¿Representan
meramente casos aislados las declaraciones de una política argentina,
madre de un desaparecido, cuando, al preguntársele por qué
no se operaba las profundas ojeras de su rostro para mejorar su imagen
ante los medios, contestó que no pensaba hacerlo porque dichas
huellas correspondían a sus muchos desvelos en el enfrentamiento
contra la violación de los derechos humanos? ¿Habrá cesado
la alienación desmenuzada por Marcuse cuando atribuía
la misma al exceso de consumo y a las falsas necesidades que llevan
a organizar nuestra existencia en función de los anuncios, a
amar y odiar lo que otros aman y odian?
A
la inveterada crisis de la adolescencia y la senectud, se añade
la de la mediana edad, con muchos sujetos disconformes por no haber
seguido una vocación o porque, pese a cumplimentarse las inclinaciones
básicas, su efecto no fue tan valedero como se aguardaba. A tanto
conflicto identitario se añade el que adviene ya desde la niñez,
no sólo ante fenómenos tan extremos como la prostitución
infantil sino frente a realidades más cotidianas en las cuales
se aceleran los procesos evolutivos de maduración cuando los
chicos entre ocho o diez años empiezan a actuar como adultos,
vistiéndose de grandes y concurriendo a los mismos salones de
entretenimiento que sus mayores.
No
en vano se ha considerado la crisis de identidad como uno de los indicadores
más representativos de este siglo, con su tendencia a la deshumanización,
con el predominio del utilitarismo sobre la solidaridad. Si el desempleo,
según lo han planteado autores como Vivianne Forrester, viene
a cancelar hasta el mismo horizonte de posibilidades característico
de la juventud, el exilio y los movimientos migratorios no sólo
han alterado el sentimiento de pertenencia sino que han producido un
fuerte desarraigo. Para otras apreciaciones, si bien el lavado de cerebros
ya no es imputable exclusivamente a los regímenes represivos,
cabe imaginar una nueva distopía en la cual no se puede apartar
la mirada del escenario simbiótico de la TV ni librarse del bombardeo
informático que nos lleva a suponer que navegamos por todos lados
mientras apenas rozamos las cosas. Hasta los enfoques morigerados no
dejan de adherir al balance pesimista que nos muestra a la gente atrincherada
en su propio bunker, saturada por la cultura de los deliveries, donde
se recibe desde la comida y los elementos recreativos hasta la misma
educación formal en todos sus niveles:
La
afirmación más fuerte de la modernidad era que somos lo
que hacemos; nuestra vivencia más intensa es que ya no es así,
sino que somos cada vez más ajenos a las conductas que nos hacen
representar los aparatos económicos, políticos o culturales
que organizan nuestra experiencia [...] Vivimos en una mezcla de sumisión
a la cultura de masas y repliegue sobre nuestra vida privada (A. Touraine,
¿Podremos vivir juntos?)
Conceptuaciones
menos refractarias hacia el proceso de globalización se perfilan
en los trabajos de Fernando Ainsa, quien, sin admitir el pernicioso
saldo económico de ese proceso y sin renegar del valor operativo
de la utopía, recupera en cambio diferentes aspectos implícitos
en nuestra actualidad, como el hecho de que el mundo contemporáneo
agudice la multiculturalidad y la propensión errante del ser
humano, la apertura y atracción hacia el "otro", o favorezca
el bilingüismo que se ha configurado en numerosas comunidades,
a consecuencia de los exilios, migraciones y otros fenómenos
similares. En definitiva, para pensadores como Ainsa, dicha globalización,
al albergar grandes caudales identitarios, con nacionalidades compartidas
y otros factores similares puede llegar a constituir un verdadero desafío
más que un obstáculo insalvable. Si por un lado existen
fuertes tendencias a establecer personalidades inducidas, mediáticamente
o por otras vías diversas, no debe desestimarse la alternativa
de que se forjen nuevas identidades desde la sociedad civil y los propios
individuos.
En
síntesis metafórica, a la luz de la globalización
no sólo cabe replantear la subsistencia de de otro síndrome
conocido: el del estornudo, según el cual, ni bien el Norte comienza
a manifestar signos de resfrío, el Sur debe someterse a terapia
intensiva. Además puede constatarse que, cuando el primero goza
de buena salud, el otro frecuentemente mantiene o incluso refuerza sus
padecimientos. Sin embargo, no deja de resultar un ingrediente novedoso
la existencia de crecientes malestares propios de la periferia dentro
del seno mismo de las metrópolis más avanzadas.
Caracterización
Para
comprender la identidad cultural en toda su amplitud deben manejarse
dos criterios fundamentales. Un parámetro clave atiende las diferencias
entre generaciones y los derechos o peculiaridades que van del reino
inorgánico al mundo animado, de la niñez a la ancianidad,
de los sanos a los minusválidos, de la hetero a la homosexualidad.
Se intenta aproximarse aquí a todo aquello que ha sido expresado
en distintas ocasiones con afirmaciones como las siguientes: "Per tanto
variare Natura é bella" (Renacimiento), "Hasta el pelo más
delgado hace su sombra en el suelo" (refranero gauchesco), "Small is
beautiful" (hippies), "Estamos aquí porque ustedes estuvieron
antes allá, ocupando nuestras tierras" (dichos actuales de los
africanos al procurar instalarse en suelo europeo). Cabe evocar entonces
los enfoques que explican el devenir de misma la identidad cultural
como producto del choque con un mundo colonial en el cual grupos muy
disímiles se amalgaman para reivindicar una nacionalidad en común.
La
otra variable resalta el polo de la unidad y la permanencia, el complemento
ineludible de percibir y salvaguardar todo lo humano más allá
de las particularidades, sin que ningún país o grupo social
le corresponda abrogarse la facultad de encarnar a la civilización
o la cultura subestimando al resto de la población mundial. Ni
siquiera el propio pueblo -tantas veces concebido como una muchedumbre
desdeñable y amorfa- puede exigir las máximas reparaciones
y erigirse en motor privilegiado de la historia, ante las reservas con
que hoy deben juzgarse las categorías sustancialistas. Aqué
se está recuperando en definitiva la impronta que testimonian
ciertas proclamas antirracistas ("Somos todos judíos o...mestizos")
y de reivindicación ocupacional ("Somos todos inmigrantes o...docentes").
Aunando
esa doble vertiente, podrá entonces postularse la identidad como
una noción que, soslayando el fundamentalismo, implique la idea
de unidad en medio de la diversidad, un sostenido impulso humanizador
y democrático que, promoviendo condiciones más equitativas
de vida, incluye la afirmación individual y comunitaria. Se trata
de una tónica que cabría ser ilustrada, por ejemplo, con
algunas declaraciones recogidas en el Encuentro Intercontinental por
la Humanidad y contra el Neoliberalismo celebrado en Chiapas hacia 1996.
En ese evento no sólo se denunciaron, como mitos neoconservadores,
el "compite y triunfarás" o el "consumir es existir"; también
se articuló allí una plataforma principista a favor de
la intersubjetividad y renuente a los axiomas sobre la toma compulsiva
del poder:
El
precio de nuestra vida no es una alcaldía, una gobernatura, la
presidencia de México o la presidencia de la ONU o cualquier
equivalente [sino] un mundo donde puedan caber todos los mundos [...]
Detrás de nosotros estamos ustedes. Somos los mismos ustedes.
Detras de nuestros pasamontañas está el rostro de todas
las mujeres excluídas. De todos los indígenas olvidados.
De todos los homosexuales perseguidos. De todos los jóvenes despreciados.
De todos los migrantes golpeados. De todos los presos por su palabra
y pensamiento. De todos los trabajadores humillados. De todos los muertos
de olvido. De todos los hombres y mujeres simples y ordinarios que no
cuentan, que no son vistos, que no son nombrados, que no tienen mañana.
Semejante
visión de la identidad, como presupuesto regulador y como una
complejísima construcción histórica, tiende tanto
a fomentar la pertenencia a una comunidad como a defender la singularidad
de la persona; apunta hacia una relación menos conflictiva del
individuo en su medio social y hacia una capacidad de definición
que sobrepase el rubro cuasi mayoritario del "no sabe o el no responde"
de las encuestas al uso. Sin descartar la relevancia que ha cobrado
el mundo interior tras las oleadas colectivistas, subsiste la necesidad
de desempeñar otros papeles fuera del ámbito íntimo
o familiar si nos proponemos alcanzar un desarrollo menos pasivo de
nuestra identidad.
Tipología
Fuera
de los encuadres maniqueos, si se asume el carácter metodológico,
directriz y virtual que contiene la cuestión identitaria, puede
refrendarse la distinción entre una faceta encubridora y un perfil
más legítimo de la misma.
En
el primer caso, corresponde establecer a su vez otra divisoria conceptual.
Así se han planteado identidades negativas, al incorporar parámetros
enajenantes como los que se han dado en nuestro continente desde la
Escolática al determinismo geográfico y racial, desde
las prerrogativas oficiales para el cristiano viejo -sin mácula
de moro o judío- hasta la condena positivista del arte y la religión,
desde la reacción contra la ciencia y la racionalidad hasta el
entronizamiento económico de los Chicago Boys. Ya sea en nombre
del Evangelio ya en aras del Progreso se ha ido propagando una concepción
distorsionante de lo americano, reforzada tanto por dicotomías
que celebran la inteligencia y rectitud de las élites ante la
instintividad y la amoralidad de las masas como por postulaciones que
invalidan nuestras aptitudes civiles para justificar así la dominación
transnacional y el hegemonismo de intra muros. Resulta casi un lugar
común referirse a que no sólo en los textos de historia
y geografía sino que en la misma filosofía occidental
-considerada como el saber crítico por excelencia- se ha intentado
demostrar a pie juntillas la superioridad de los países de clima
frío y nevado -asociados con el ejercicio de la libertad- frente
a las regiones próximas a los trópicos, donde impera la
anarquía, la sensualidad y la indolencia.
De
similar retahila argumentativa se han munido diversos intelectuales
latinoamericanos que fueron impugnados por sufrir de parasitismo y daltonismo
europeos. Así, a comienzos de siglo, un influyente ensayista,
Agustín Alvarez, en su Manual de Patología Política,
mientras pone por las nubes a los anglosajones como enérgicos
y honestos, tilda a los sudamericanos de farsantes y embusteros natos
que escudan su inconducta en manifiestos o protestas: "El bien por el
bien (...) no ha tenido cultores ni admiradores en estos pueblos" (p.
205). Según lo trajo a colación Cecilia Sánchez,
durante épocas más cercanas, en el Chile aislacionista
de Pinochet, un profesor de ese país -Joaquín Barceló-
rechazó la existencia misma de una filosofía y hasta una
visión de la realidad propiamente latinoamericanas, haciéndose
eco de los planteos trasnochados sostenidos por Ernesto Grassi sobre
el carácter ahistórico, primitivo y demoníaco de
nuestra América -sinónino de materia y naturaleza- frente
a una Europa en tanto epítome de la cultura y la civilización.
Recientemente, siguiendo el triunfalismo de Occidente, han surgido diversas
voces que vuelven a erigir a este último en el único agente
inspirador de valores para la humanidad, mientras se asegura que se
ha reiniciado la era del avance indefinido.
Al
mismo tiempo, se suele aludir a otra variante identitaria análoga,
de carácter difuso, que consiste no tanto en adoptar paradigmas
antagónicos -al estilo del malinchismo cultural-, sino en debatirse
en una búsqueda interminable de alternativas, mutando permanentemente
los modelos identificatorios en juego, tal como ha ocurrido con la historia
de Bolivia, cuando la gente se acostaba allí con un gobierno
y se levantaba con otro.
Finalmente,
otra modalidad problemática, volcada hacia el escepticismo, viene
a poner en tela de juicio el mismo concepto de identidad, invalidando
los paradigmas generales y la psicología colectiva. Durante los
años sesenta pueden señalarse algunas embestidas frontales
contra la caracterización global de los pueblos que, para estudiosos
como José Antonio Maravall -en polémica con Salvador de
Madariaga-, no contenía sino proposiciones irreales, una empresa
quimérica fuera del orden literario y de la contienda política,
especialmente cuando se reduce en un sólo haz de cualidades a
naciones tan complejas como las actuales. Poco después, en un
simposio sobre Sociología de los Intelectuales organizado por
el Instituto Di Tella en Buenos Aires, César Graña consideró
las tesis identitarias como ilusorias y engañosas, pues, para
él, quienes aluden a la americanidad y a la mexicanidad sólo
emiten un gesto retórico y caen en una falacia antropológica
por enfocar a las culturas con cristal organicista. Según Graña,
desde Bilbao, Martí, Darío y García Prada hasta
Ricardo Rojas, Vasconcelos, Haya de la Torre, Mallea u Octavio Paz,
todos han trasuntado una excesiva pasión ontologicista hacia
lo arquetípico y hacia los pronunciamentos, sin poder captar
las transformaciones desencadenadas por la modernización:
abocados
a "esenciales" problemas del intelecto y de la sensibilidad que, a causa
de su misma "profundidad", pueden ser considerados, en cierto sentido,
insolubles. Desde esta ventajosa posición, el "problema de la
identidad" se transforma en un instrumento natural de "legitimación"
para aquellas formas de imaginación intelectual que se autodesignan
guardianas y propietarias de los aspectos más inaccesibles de
la experiencia humana (p. 69)
Ocasionalmente,
no se ha cuestionado tanto la posible existencia de una idiosincrasia
nacional como su reiterada aplicación con fines autoritarios
y demagógicos, admitiéndose entonces la alternativa de
que una nación se halle en condiciones para elegir su propia
vía de desarrollo. Así se objetan las formulaciones ideológicas
sin desestimar las concepciones basadas en la producción cultural
y la defensa de patrones espirituales que, junto con sus portadores,
se encuentran en peligro de extinguirse ante los mecanismos desequilibrados
de modernización. Ello da pie para introducirse en una imagen
más genuina sobre la identidad.
Al
examinar las diversas connotaciones que puede revestir una identidad
auténtica o ideal, deben retomarse ciertos rasgos afines con
ella que fueron propuestos inicialmente, como el proceso activo de humanización
y democratización, junto a una doble estimativa: de diferenciación
y continuidad, de unidad en la diversidad, más allá de
barreras étnicas, geográficas o sociales.
Asimismo,
la temática identitaria no puede desligarse de los problemas
políticos o económicos, de la tenencia del poder y la
distribución de la riqueza, pues se halla íntimamente
ligada a la toma de conciencia nacional y a las realizaciones sociales.
Primordialmente, la identidad, en su faceta más positiva, implica
un aprehender la realidad, con su cúmulo de contradicciones,
para mejorar sensiblemente las condiciones y la calidad de vida, para
readecuar estrategias como los que esbozara Gandhi -"La India tiene
que vivir en un clima, dentro de un marco y según una literatura
que sean propias suyas, aun cuando no valieran tanto"-; sin suponer
por ello el imperativo de cerrarse a todo lo exógeno. Bajo tal
acepción, el proceso identitario se asemeja a la utopía,
en tanto ambas representan intentos o aspiraciones para modificar el
orden existente.
La
génesis de esas formas identitarias en nuestra América
ha contado con diversas expresiones: desde los movimientos insurreccionales
previos a las guerras emancipadoras y campañas como las de Bolívar
para que constituyamos un pequeño género humano hasta
los empeños finiseculares para diferenciarnos de los poderes
opresivos, empeños retomados por las vanguardias artísticas
y por el prodigioso ideario de la Reforma Universitaria y, ulteriormente,
por algunas corrientes tercermundistas .
Tales
demandas son replanteadas hoy por los sectores populares en relación
con los nuevos proyectos de integración regional o a partir de
las demandas sustentadas por los movimientos cívicos emergentes.
Entre esas agrupaciones autogestionarias se alternan aquellas más
tradicionales como el sindicalismo independiente, las entidades cooperativas
y las organizaciones estudiantiles, junto a los nucleamientos feministas
o de género, indígenas, ecológicos, pacifistas,
de derechos humanos, las ONGs, las PYMES y tantos otros agentes sociales
que han convertido los reclamos identitarios en un asunto plenamente
vital que trasciende con holgura los estrechos planteamientos discursivos
de la intelligentsia en quienes parecía centrarse toda la cuestión.
De
ese vasto arsenal protagónico, extraemos un hito del campesinado
en Costa Rica: una movilización que en la década de 1980
llevan a cabo los productores de alimentos básicos (arroz, frijoles,
maíz) para preservar su trabajo y su participación en
los programas tecnológicos ante el ajuste estructural impuesto
por las privatizaciones y las importaciones. En dicha circunstancia
pudo observarse, en una de las mantas que se llevaron a la marcha rural,
ciertas proposiciones que compendian lo que se ha pretendido sugerir
sobre una concepción afirmativa de identidad:
No
somos aves para vivir del aire.
No
somos peces para vivir del mar.
Somos
hombres para vivir de la tierra.
El
multipoderío de la globalización
Al
estilo de lo que ha sucedido con la palabra identidad, el término
globalización ha venido a ocupar un papel preponderante tanto
en el ámbito académico como en la existencia cotidiana.
Así no sólo se habla de teorías o ideologías
de la globalización sino también de tiempos y de una conciencia
de globalización. Paralelamente, se recurre a un sinnúmero
de expresiones como globalismo, globalidad y régimen globalitario;
civilización, mundo, sociedad, Estado, gobierno, aldea, tribu,
empresa y hasta casino globales; nuevo orden capitalista global; globalización
regional o global, globocolonización; etcétera.
Asociada
habitualmente con el neoliberalismo, con el único discurso estructurado
disponible en medio de la crisis de las concepciones omnicomprensivas,
diversos enfoques le han atribuido a la globalización una amplia
gama de propiedades y consecuencias:
sustitución
de la política por la economía, implantación ecuménica
del mercado, librecambismo, privatizaciones y transnacionalización
del capital;
recolonización
del planeta vía empréstitos internacionales y manipulación
de la opinión pública;
extinción
de los Estados soberanos, de los espacios aislados y las identidades
regionales;
xenofobia,
fundamentalismo, estallidos separatistas y segmentación;
eclipse
de los derechos y conquistas sociales, aumento de la explotación
y el desempleo;
división
de la humanidad en solventes e insolventes, en info-ricos e info-pobres
dentro de la órbita comunicacional;
predominio
de la razón tecnocrática, competitiva y utilitaria, incremento
de prácticas esotéricas, domesticación de universitarios
e intelectuales;
neoccidentalismo
y neoeurocentrismo, aplastamiento de las culturas locales, macdonalización
del mundo, unificación de los modos de vida.
Más
allá de la validez integral de tales apreciaciones, parece revertirse
la tendencia originaria a equiparar la globalización con una
panacea universal y recrudecen los planteos críticos en torno
suyo. Mientras se le adjudica al neoliberalismo la pretensión
de erigirse en un "pensamiento único", se concibe al capitalismo
tardío globalizado como una variante totalitaria y productora
de enormes desigualdades. Se estaría en definitiva asistiendo
a la gestación del llamado sistema PPII, con sus cuatro caracteres
-planetario, permanente, inmediato e inmaterial- que pueden evocar atributos
primordiales de una divinidad modernosa guiada por valores monetarios,
multimediáticos y ciberculturales.
En
asuntos puntuales, se han expedido categóricamente, autores de
distintas orientaciones. Dentro del amplio espectro liberal, mientras
Guy Sorman reconoce que "hay actualmente una concentración del
poder de decisión económico y financiero de una manera
totalmente monopólica" y que "nuestras economías son dirigidas
por la Bolsa de Nueva York", Mario Bunge no ahorra sus ataques a la
globalización:
La
libertad de comercio favorece principalemente a los exportadores más
poderosos [...]
casi
todas las barreras interrnacionales para el tránsito de personas
siguen en pie. Más aún, muchos estados las están
reforzando [...]
La
basura cultural que exportan los Estados Unidos está desplazando
a la buena producción nacional [...]
la
globalización de que tanto se habla es parcial y unilateral.
Habría que hablar más bien de inundación de las
naciones periféricas por las centrales [...]
En
resumen, lo único que atraviesan libremente las fronteras son
el capital financiero, las malas costumbres y los gérmenes patógenos.
Desde
perspectivas más radicalizadas, se han ido reforzando las condenas.
Ernesto Cardenal nos advertía en un poema: "Igual que si se dice
rosa o se dice Rusia / eso lo influencia la oficina 5600", aludiendo
con ello a la oficina en el rascacielos del Rockefeller Center donde
se planifican los principales negocios y conspiraciones del planeta.
Más recientemente, Noam Chomsky, denunciando la excluyente política
neoliberal, ha señalado que el gobierno mundial se halla en manos
de los organismos crediticios y las grandes corporaciones, las cuales
violan la misma disciplina del mercado y son entidades autoritarias,
con su mando centralizado, que manejan la propaganda y el control de
la mente, que se valen de los estados para extraer altísimos
beneficios y sojuzgar a la gente, que internacionalizan la producción
para obtener mano de obra cuasi impaga y que sus inversiones están
volcadas básicamente hacia la especulación.
Otros
analista, como Slavoj Zizek, terminan aseverando que la dinámica
extra e intraterritorial de las empresas globales ha eliminado la oposición
entre metrópolis y países dependientes, que sólo
hay colonias y que todos viviremos en repúblicas bananeras. Si
bien Zizek se sorprende de que los socialdemócratas le sugieran
al sector capitalista que respetarán el modelo y que harán
la misma gestión que los conservadores pero sin tanto sufrimiento
para la población, no deja de sostener que, en medio de la globalización
actual, resulta de hecho imposible cuestionar la lógica del capital,
ni siquiera con un modesto intento para redistribuir la riqueza -en
un mundo donde la quinta parte mas acaudalada de la población
cuenta con el 80% de los recursos y la quinta parte más indigente
con apenas un medio por ciento de ellos, donde 500 millones de pudientes
se enfrentan a 5.000 millones de carenciados prácticamente exentos
de los beneficios de la producción y el consumo, donde los ingresos
diarios oscilan de 2,5 dólares en el área asiática
del Pacífico a unos 200 dólares en naciones como Alemania.
¿Una
potencia arrolladora?
En
líneas generales, estamos ante una óptica férrea
que, de modos disímiles, concluye presentándonos un cuadro
de parálisis terminal. No se trata mayormente de una incorrección
en los diagnósticos sino de una sobrecarga determinista que tiende
a clausurar las salidas y opciones alternativas. En tal sentido, diferentes
interpretaciones sobre el peso hegemónico de la globalización
y el neoliberalismo transmiten, por ejemplo, un concepto de América
latina similar al de muchos encuadres elitistas que, visualizándola
como masa caótica y vacío espiritual, le negaban carnadura
ontológica y favorecían su sometimiento.
Sin
embargo, no deben descartarse los tenaces esfuerzos de humanización
y democratización que, como he puntualizado antes, emanan de
nuestras prolongadas tradiciones renovadoras o de distintos sectores
y movimientos reivindicativos contemporáneos, incluso de organismos
como la UNESCO con su impugnada prédica contra la discriminación.
En consecuencia, puede apostarse por la capacidad de un pensamiento
utópico enraizado, más allá de los purismos culturales
que pretenden sustraernos a toda forma de globalización y modernización
bajo la supuesta fuerza omnímoda del giro conservador, la concentración
financiera y la mentalidad hedonista.
Diversos
indicadores permiten mantener una postura menos fatalista. Entre ellos,
la preocupación que insinúan los directivos del Banco
Mundial y el Fondo Monetario para fortalecer el Estado y amortiguar
las grandes disparidades sociales, la crisis educativa, la drogadicción,
la violencia y la criminalidad; el estado de alarma que afrontan las
propias empresas por no asumir el desafío de la pauperización
y el desempleo ni las agudas tensiones entre poseedores y poseídos;
la percepción de que el libre mercado no asegura en sí
mismo el crecimiento ni la estabilidad; el temor exhibido por magnates
como David Rockefeller de que los gobiernos recuperen su rol proteccionista
ante una sociedad civil ajena a la maximación de las ganancias,
o la advertencia de uno de los principales responsables de la derrota
comunista, Lech Walesa, sobre que las injusticias del capitalismo amenazan
con provocar nuevas revoluciones, pues "el dinero es la autoridad suprema,
las máquinas echan a la gente a la calle, los empresarios llevan
una vida muy cómoda mientras sus obreros pasan hambre". En suma,
crecen las dudas en torno a la ortodoxia monetarista y se infiere que
la misma, lejos de implicar un mayor adelanto, condena a la gente a
la desnutrición y a peores condiciones de vida, estimándose
v.gr. que con la aplicación de esas políticas de ajuste
los adolescentes mexicanos han perdido casi dos centímetros de
estatura durante los últimos quince años.
Por
otro lado, cabe redimensionar la importancia que ha adquirido en estos
tiempos globalizados las movilizaciones y la sempiterna lucha por los
derechos humanos que se vienen librando desde distintos frentes y escenarios,
con proyectos como la creación en la ONU de una Convención
contra las Desapariciones en tanto crímenes imprescriptibles
contra la humanidad, con el arresto o enjuiciamiento en distintos países
de genocidas como Klaus Barbie, Videla y Pinochet o con la difusión
de las brutales prácticas racistas llevadas a cabo en Sudáfrica
durante el dilatado régimen del apartheid. Asimismo, mientras
se denuncia la creciente existencia del trabajo infantil, de los niños
de la calle y de 300.000 chicos reclutados para matar y morir, en el
Movimiento de los Sin Tierra en el Brasil, que representa a cinco millones
de campesinos, unos 70.000 estudiantes aprenden nociones de reforma
agraria y conflictividad social en el millar de escuelas que posee dicho
movimiento dentro de sus regiones ocupadas. Existen por consiguiente
varias caras de la globalización: mientras que la India produce
la mayor cantidad de largometrajes en el mundo entero y en cambio el
85% de las imágenes cinematográficas que se proyectan
son de origen estadounidense, las Madres de la Plaza de Mayo se han
hecho ver y escuchar en casi todos los rincones del planeta. Aún
más, mientras los grandes consorcios multinacionales parecen
adueñarse del globo en forma unilateral, las entidades cooperativas
construyen una relevante alianza por la batalla de los mercados sin
renegar de la eficiencia y el capital pero proveyendo sus servicios
a zonas de baja rentabilidad.
Corresponde
hablar entonces de distintas modalidades que adopta la resistencia civil
acorde con las circunstancias. Por una parte, ha contribuido al derrocamiento
de variadas dictaduras y, con el auxilio de otra base política
y económica, podría neutralizar o impedir un mundo de
pesadillas, con todas las reservas y esperanzas que han puesto de manifiesto
veteranos militantes como Michael Randle:
Nunca
existe una garantía de que la resistencia civil vaya a tener
éxito en cualquier caso dado, incluso bajo las circunstancias
más favorables [...] La justicia de la causa, el equilibrio de
fuerzas existente entre los contendientes, la perspicacia política
de los resistentes -esos y los demás factores existentes desempeñan
su papel-. Pero las comunicaciones modernas han facilitado la organización
de las redes de ciudadanos para ejercer la resistencia civil, y la prensa
y los medios de masas, especialmente donde se puede contar democráticamente
con ellos, pueden suscitarle un gran costo político a cualquier
gobierno que recurra a una represión extrema para aplastarla.
Tal estado de cosas nos explica, por lo menos en bastante medida, la
extraordinaria proliferación de la resistencia civil durante
más o menos la última década, y su decisiva contribución
a la creación de una nueva fase de las relaciones internacionales
tras la Segunda guerra Mundial.
Conclusiones
En
nuestro exhausto siglo XX, pese a las innúmeras experiencias
igualitaristas que se dieron en él, no parece haberse cumplido
el viejo sueño de una humanidad verdaderamente fusionada. Fuera
de los planteos catastróficos, la mentada globalización
se alterna con los más diversos separatismos, con trastornos
ecológicos abismales, con la recolonización del planeta
mediante empréstitos internacionales, con el retroceso de costosísimas
conquistas sociales, con un Estado ultramínimo o macrobiótico
que reduce impuestos a los adinerados y ajusta a los carenciados, con
el hombre como lobby del hombre, con conatos restauradores para privar
de legitimidad a las expresiones culturales del Tercer mundo mediante
un travestismo mental donde lo exógeno siempre resulta profundamente
superior a lo autóctono. Vuelve a imponerse entonces el dogma
del modelo eterno y excluyente del capitalismo, fundado ahora mucho
más en la prosaica sacralización del mercado autorregulable
que en el ritmo fascinante de la evolución cósmica y la
mano invisible.
¿Qué
hacer frente a ese Estado de Malestar y al gobierno de Hood Robin, frente
a los nuevos cantos de sirena que sostienen, por ejemplo, que la multiplicación
de vendedores ambulantes en América Latina evidencia una innata
cultura empresarial?
¡Cómo
lograr esa reconstrucción del tejido social sino es mediante
una utopía democrática y la reorganización popular!.
Además de las alianzas políticas de los sectores progresistas
junto con las PYMES, aludo a la alternativa autogestionaria de los movimientos
civiles: desde las reivindicaciones que sustenta habitualmente el estudiantado
y el sindicalismo independiente hasta las más novedosas demandas
de quienes luchan por el reconocimiento del género, la protección
de los derechos humanos y de la misma naturaleza.
Según
concluyo en un capítulo de mi libro sobre Fines de siglo, la
verdadera novedad histórica que debe aguardarse consiste en no
seguir prendado a ningún sistema en particular, por perfecto
que parezca, para que pueda emerger una atmósfera donde se atienda
más cabalmente la libertad, la justicia social y las diversidades
culturales.
Si
no terminan por convencer demasiado las simples expresiones de deseo,
apelemos al mismo peso de la historia, en la cual ha sido una actitud
permanente por parte de los grupos dominantes la negación de
las obvias fluctuaciones que se producen en el campo económico,
creyendo en vano que siempre podrán mantener su situación
de usufructuarios del poder, así como del goce y la acumulación
continua.
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