II CORREDOR DE IDÉIAS - II CORREDOR DE LAS IDEAS

INTEGRAÇÃO E GLOBALIZAÇÃO

 

 

VÍNCULOS ESPACIALES DEL CONSTRUCTO IDENTITARIO LATINOAMERICANOS: ANTECEDENTES LITERARIOS

Luis Rubilar Solis

 

Resumen

El espacio terrestre, en tanto soporte material y entorno ambiental, incluyendo sus factores a-bióticos y bióticos, conforma una categoría fundante y distintiva en el proceso de construcción social de identidad colectiva y cultural latinoamericana. Su dialéctica interdependencia con los grupos humanos que la han poblado y su adjetivación como tierra próspera, rica, fecunda, diversa e inmensa, han quedado consagradas a través de la oralitura y literatura, tanto de sus dueños primigenios como de sus ocupantes y habitantes posteriores. En gradual hibridismo lingüístico así ha sido desde las ‘Cartas’ de Colón (1493), en lo continental, y las de P. de Valdivia (1545), en lo nacional chileno, abundando desde entonces las descripciones de su suelo con su flora y fauna (hoy llamada ‘biodiversidad’), así como de sus variadas etnias locales, africanas y europeas con sus diferentes procesos de impuesta aculturación y múltiples transculturaciones.

Aquí nos referimos a cuatro textos-claves, escritos y afincados en territorio latinoamericano, a cargo de figuras representativas del aún inconcluso Proyecto emancipatorio (Siglo XIX): ‘Carta de Jamaica’, S. Bolívar, 1815; ‘Sociedades americanas en 1828’, S. Rodríguez; ‘Discurso Inaugural U. de Chile’, A. Bello, 1843, y ‘Nuestra América’, J. Martí, 1891. En ellos se tratan diacrónica y sinérgicamente los principales temas que importan hoy a la América Latina y que están en la agenda de sus preocupaciones político-sociales más urgentes: Democracia, Crisis ambiental, Biodiversidad, heterogeneidad e identidad cultural, Modernidad, Educación y Derechos Humanos.

Como discurso paradigmático diciendo la impronta de la ‘tierra’ en el proceso de constitución de lo identitario amerindiano, proponemos el texto poético de P. Neruda: ‘Canto General’(1950), en cuyas dos primeras Secciones ‘La lámpara en la tierra’ y ‘Alturas de Macchu Picchu’, se rescata, sintetiza y proyecta su originaria significación geo-ecológica y cultural.

 

Vínculos espaciales del constructo identitario latinoamericano: antecedentes literarios

Psic. Luis Rubilar Solis

Doctorando ‘Estudios Americanos’ Universidad de Santiago - Chile

"América desempeñará en el mundo el papel distinguido que la llaman la grande extensión de su territorio, las preciosas y variadas producciones de su suelo y tantos elementos de prosperidad que encierra" ( ANDRÉS BELLO, 1836).

I.- Ubicación contextual y significación del espacio-tierra en América Latina.

"Nosotros, aún cuando amamos con pasión a nuestro país natal, consideramos como una patria común la hermosa tierra latinoamericana" ( J.L. TORRES CAICEDO, 1864).

El espacio terrestre, en tanto soporte material y entorno ambiental, incluyendo sus factores a-bióticos y bióticos, conforma una categoría fundante y distintiva en el proceso de construcción social de identidad colectiva y cultural latinoamericana. Su dialéctica interdependencia con los grupos humanos que la han poblado y su adjetivación como tierra próspera, rica, fecunda, diversa e inmensa, han quedado consagradas a través de la oralitura y literatura, tanto de sus dueños primigenios como de sus ocupantes y habitantes posteriores. En gradual hibridismo lingüístico así ha sido desde las ‘Cartas’ de Colón (1493), en lo continental, y las de P. de Valdivia (1545), en lo nacional chileno, abundando desde entonces las descripciones de su suelo con su flora y fauna (hoy llamada ‘biodiversidad’), así como de sus variadas etnias locales, africanas y europeas con sus diferentes procesos de impuesta aculturación y múltiples transculturaciones.

En este marco-continente, la tierra como piso de sostén y entorno pletórico de significantes es que desarrollamos nuestra vida cotidiana, individual y colectiva, y desde el cual extraemos sensoperceptual y semióticamente nuestros sistemas de señales y de orientación vital (V. Proshanky, 1978: 186 y ss.). El estatuto de la naturaleza va imprimiendo en la estructuración subjetiva de sus huéspedes anclajes primarios, en particular para las funciones cognitivas de índole hetero y autoperceptivas, dicho así en términos casi poéticos por F. Sepúlveda: "El territorio se revela en la imagen de la madre tierra. Esta es un segundo útero que nutre al habitante. Desde sus colores, líneas, ritmos, formas, modela los paisajes interiores del hombre. Desde los ruidos y sonidos del entorno le afina el oído para atender las voces de su ser. Los aromas, los sabores de frutos y frutas le transfieren la energía de sus raíces. El contacto de la piel del hombre con la piel del terruño troquela su autoctonía" (1996: 45).

Tal vez no haya suelo en el cual la remota significación etimológica y antropológica del término ‘cultura’ se cumpla con mayor propiedad y pertinencia que en el latinoamericano. Indias (1493), Tierra o Costa Firme, Tierra de Gracia, Nuevo Mundo (1503), América (1507), Indias Coloniales, Virreinatos, Gran Colombia, Zona Tórrida, Hispanoamérica, América India, Patria Grande, Nuestra América, Nación, han sido algunas de las nominaciones sucesivas con las cuales se ha designado el territorio geográfico y cultural que hoy referimos como ‘América Latina’ (Chevalier, 1836; Torres Caicedo, 1856, según A. Ardao, 1980). En sus dieciocho mil quinientos millones de metros cuadrados alberga más de trescientos cinco millones de habitantes. Tierra fecunda y diversa en la que el sembrar, germinar, cultivar y cosechar en sus áreas tórridas, andinas, pampinas, fluviales o desérticas, se transforma y proyecta en modos de vida, producción y expresión que, junto con determinar distancias etno-culturales, establece un grado de homogeneidad infra-cultural que la identifica, en tanto imaginario colectivo, como una mancomunada formación territorial y social-histórica. Cada país y la América Latina como totalidad dinámica e integrativa vienen recepcionando y filtrando múltiples materiales simbólicos e incorporando lo ‘heterogéneo’ (A. Cornejo Polar, 1982), a través de procesos ‘transculturizadores’ (F. Ortiz, 1991)), hibridizándose como culturas inter-comunicadas (García Canclini, 1990) en los planos endógeno y exógeno, pero siempre con los pies firmes en propia tierra. Es decir, ha existido porosidad y ósmosis intercultural, crítica y recreativa, sustentadas en el lema martiano: Injértese en nuestras Repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser nuestras Repúblicas.

Si bien en la ‘invención de América’ (E. O’Gorman, 1958) y en la elaboración de la idea ‘América Latina’ (Abellán, 1972: 21 y ss.), resulta prioritaria su matriz histórico-social, a la base misma del constructo opera como factor fundante y originario el ‘espacio-tierra’ como escenario geofísico, geográfico, climatológico, vegetacional, y como territorio agro-ecológico. En tal sentido, aquí lo postulamos como una categoría distintiva en el proceso de construcción de identidad psico-social y cultural latinoamericana.

De algún modo, nuestro universo semiótico específico se ha articulado en función de referentes ‘espaciales’ propios y diferenciales, claros y ambigüos, de aquí y de allá, los cuales han venido constituyendo la toponimia y señalética que definen y caracterizan la cartografía geocultural latinoamericana: Quiché, El Dorado, Teotihuacán, Ecuatorial, Oaxaca, Guajira, Puna, Matto Grosso, Cotopaxi, Wiracocha, Macondo, Tiahuantinsuyu, Cuzcatlán, Tiahuanaco, Izalco, Huasipungo, Quisqueya, Macchu Picchu, Guayas, Lenca, Páramo, Titicaca, Pudahuel, Puerto Limón, Lagar, Quetzalcoatl, Chaletanango, Ruca, Canaima, Tunja, Martín Fierro, Bochica, Moai, Istmo del Caribe, María del Cauca, Barlovento, Andes, Solentiname, Ríos Profundos, Copacabana, Cayos, Isla Negra, Chimbote, Cundinamarca, Bohío, Yucatán, Cueva del Guácharo, Borinquen, Bahía, Maaguaca, Paita, Piedra del sol, Parahiba, Cuzco, Iguazú, Ayacucho, Los hijos del limo, Ayllu, Arauco, Corrientes 348, Orinoco, Zona sagrada, Bandeirante, Doña Bárbara, Sierra del Cóndor, Canal de Panamá, Llaima, Pasos Perdidos, Malvinas, Elqui, Antillas, Tequendama, Recife, Coquivacoa, Paraná, Guayacán, Subterráneos de la Libertad…

Reinando sobre las tierras del Pacífico, del Caribe y del Atlántico, se yergue en medio de las tierras interiores, la Cordillera de los Andes, columna geológica con más de ocho mil kilómetros que se extiende desde Barquisimeto hasta el Polo Sur (ver P, Cunill, ‘La América andina’ 1981). Valles y volcanes, sabanas y pampas, selvas tropicales y bosques australes, ríos, lagos e islas, sistemas morfoclimáticos, flora y fauna nativas (hoy englobadas en el neologismo ‘biodiversidad’), ya estaban cuando llegaron los primigenios habitantes, hace más de 20.000 años al Continente y más de 10.000 al Cono Sur (M. Orellana, 1994: 57, 188). Aquellos hombres se van integrando y apegando cada vez más a esta tierra que los sustenta y alimenta ("Maíz, que es el común pan y sustento de los indios", consignará el padre Alonso de Ovalle, 1888: I, 99). De recolectores, pescadores y cazadores aquellos primeros dueños devienen en agricultores y alfareros (4.000 A.C.) y, luego, en minero-metalúrgicos. Para cuando se produce el ‘impacto inicial’ y ocupación por los españoles, ya se habían forjado en territorio aborigen variadas y, algunas avanzadas, culturas, ostentando, por tanto, una Historia propia y distinta a la predicada hegemónicamente como universal por los europeos. Y el centro de tal Cultura era la Tierra (‘Llacta Mama’, ‘Pacha Mama’, ‘Mapu’), madre común, unitiva y protectora de los hijos que la cultivan y cuidan.

Será esa irrupción del conquistador español la que problematice y conflictualice la relación del Hombre con su entorno natural, en términos físicos, socio-económicos, raciales, político-institucionales. Desde aquella primera voz hispana, la de Rodrigo de Triana, llamándola ‘¡Tierra!’ ("esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana", ‘Primer viaje…’, 1972: 20), la motivación voraz y el pertinaz incentivo por lograr su apropiación y la de sus metales preciosos llevará a la casi extinción de aquel patrimonio genético-cultural del actual pueblo latinoamericano. "Uno de los motivos de la rápida y fructuosa colonización española fue el grado de adelanto agrícola, alfarero y minero que habían alcanzado los indígenas americanos. Los españoles aprovecharon las bases ecológicas para sus fines colonizantes, expoliando la naturaleza y las comunidades indígenas. El ecosistema comenzó a deteriorarse con la instauración de una economía a la que sólo interesaba la exportación de productos agropecuarios y mineros…La economía de subsistencia de las comunidades indígenas fue reemplazada por la producción de materias primas y la extracción de metales preciosos destinados al mercado internacional…" (L.Vitale, 1983: 22). Desde entonces, este espacio latinoamericano, tan usurpado y repartido, tan contrariadamente aculturizado, sigue dependiente y sujeto a poderes externos, que no al de su pueblo y sus gentes. El tiempo, sus vicisitudes y momentos, la esclavitud, los trabajos forzados y servidumbre indígenas, las guerras de resistencia, terremotos, migraciones, erupciones volcánicas, conflictos fronterizos, destrucción de ciudades y templos, inundaciones, sequías, epidemias importadas, van dejando su huella e impronta en su geografía física, política y humana. Es en este contexto que se irá inscribiendo gradualmente en la cultura alfabético-fonética, a veces con tinta, otras con sangre, el referente que va re-nombrando esta tierra, hasta decirla ‘América Latina’ a cargo de sus emancipadores, tanto político-militares como culturales.

El verbo acrisolado cantando esta tierra se va enredando con el Tiempo e historizándose desde el siglo XVI en híbridos discursos, entrelazando la tupida red transversal que constituirá el esqueleto, y en lo cotidiano, el tatuaje y lenguaje identificatorios del paisano y del paisaje latinoamericanos. Quinua, papa, caimán, araguaney, caraota, ceibo, cocodrilo, sebucán, quetzal, guajalote, cuy, cobre, machete, piragua, jagüey, mandioca, siguanaba, tabaco, mangle, oro, yuca, moriche, piña, jaguar, café, chayote, guayaba, coca, tamarugo, araucaria, banano, pargo, guanábana, maloca, iguana, frijol, copihue, guarapo, calabaza, chicharrón, rehue, papaya, petate, curare, tequila, zafra, caliche, vainilla, macana, chocolate, cocuyo, puma, zapote, mita, canoa, gaucho, caña, mole, chamal, tutumo, mango, tucán, conuco, orquídea, totora, batata, caucho, machete, ocumo, maqui, lechosa, canelo, jícaro, piñón, guacal, maní, ají, papelón, chuño, alpaca, huaso, curaca, ananá, minga, bohío, nopal, cacique, caoba, frutilla, lúcuma, cenote, ñame, chupalla, guagua, apio, carite, chuncho, salitre, cambur, añil, albaricoque, ñandú, guano, parchita, pisco, zapallo, ojota, panela, anaconda, coco, cambur, yerba-mate, tapioca, poncho, chile, ron son simbólicos nudos con los que se va armando ese autóctono tejido social identitario, trasuntando la común ‘voz antigua de la tierra’ y asentando las bases de una extendida y milenaria ‘cultura del maíz’, elote o jojoto, divinizada en chicha y derramada en trojes, chacras, comalli, pilones, metates, budares, tamales, atoles, sopas, tortillas, locro, arepas, humitas, porotos al pilco, chuchoca, cachapas, enchiladas, bollos, cabritas, cazuelas, sopes, hallacas, pelos de maíz cocido, jora, azúa, nachos, pastel de choclo, horchata de maíz crudo, milpas, hervidos, malojo, tomaticán, mote, muday, pinol, cocaví, mazorcas, palomitas, mazamorra, corontas, charquicán, chilaquiles, sancochos, tacos, pulque, papusas…

El escrito castellano, desde el inaugural diario a bordo del ‘Primer viaje de Colón’, junto a la afanosa búsqueda de oro (nucay, tuob) y a la encendida descripción de la biodiversidad de las ‘fertilísimas’ islas caribeñas ("Crean Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor e más fértil, y temperada, y llana, y buena que haya en el mundo": 1972: 32), incorpora y nutre su acervo con la sabia savia de lo aborigen: allí se nombran Cariba, Guanahani y Cuba, emerge el Cacique, navegan canoas, se temen caníbales de Bohio, ‘flacos de corazón’. Nuestro defensor primero, el Obispo de Chiapas, Padre Las Casas, introduce así su ‘Apologética Historia de Indias’: "se copilan en este libro (referida primero la descripción y calidades y felicidad de aquestas tierras, y lo que pertenece a la geografía y algo de cosmografía)…la influencia del cielo…la dispusición buenas de las tierras y lugares y aires locales". En su testimonial texto se entretiene y solaza describiendo el agro y las costumbres indianas: "ayudábales mucho – dice – ser tan felicísimas y fertilísimas estas tierras…, contanto luego acerca del mayz, el cazabe, el zapote, los mameyes, mochites, nísperos y aguacates, maravillándose de los múltiples usos del cacao, de la cabuya y de aquestos maguelles, así como de las Llamas, Guanacos, Vicunias, y Pacos…" (1903, 152 y ss.); nuestra Gabriela del Elqui, escuetamente canta: ‘Ley vieja del maíz/ caída no perece/ el hombre del maíz/ se juega, no se pierde’ (‘Tala’, 1938). Una década más tarde (1949), M.A. Asturias ingresa en la narrativa latinoamericana, con aires del Mayab, sus ‘Hombres de maíz’.

La interpretación respecto al ‘espacio’ – y a la tierra – en esta América se expresó inicialmente a través de visiones míticas y religiosas, tanto en sus versiones aborígenes como hispánicas. Desde la primera Carta (14 de Febrero de 1493) hasta la última (7 de Julio de 1903), escritas por C. Colón, se estatuye una visión geográficamente errada y teocéntricamente determinada (Ver, O’ Gorman, 1958 y J.L. Abeillán, 1972), cuya impronta bíblico-cristiana y mercantil se impondrá, guiando tanto las autocráticas y contradictorias conductas normativas como el tinte de las crónicas y comunicaciones sobre esta tierra, sus gentes y sus leyendas.

El pueblo indoafroamericano y sus emancipadores mentales más que seguir el precepto bíblico ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’ han tenido que elegir y han erigido como lema y filosofía práctica y urgente el decir poético del desterrado A. Machado: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar’, por lo cual los enunciados de sus fundadores y emancipadores adquieren un peculiar carácter ‘performativo’ (A. Roig, 1995: 132) y funcional a la realidad concreta, en que praxis y teoría, discurso y realidad, pensar(se) y hacer(se) se confunden y retroalimentan. Este camino de auto-conciencia y (re)apropiación se inicia plagado y plegado de recodos, rémoras, obstáculos, represiones y muertes, luchando y buscando en la enajenada tierra la edificación de una Morada común, libre y justiciera a partir de la segunda década del siglo XIX.

Para esta Ponencia, se han seleccionado cuatro textos en prosa, representativos del tiempo emancipatorio, a través de cuyo análisis intra e inter-textual iremos pergeñando el proceso de construcción identitaria latinoamericana y, en particular, destacando el rol fundante que en él ha desempeñado la categoría espacial: ‘Carta de Jamaica’, de S. Bolívar (1815); ‘Sociedades americanas en 1828’, de Simón Rodríguez; ‘Discurso Inaugural de la U. de Chile’ de A. Bello (1843); y ‘Nuestra América’, de J. Martí (1891). Luego, como corolario se ha elegido un breve y paradigmático discurso (siglo XX) diciendo la impronta de la ‘tierra’ en el proceso de constitución de lo identitario amerindiano: la primera Sección (‘La lámpara en la tierra’) del texto poético de P. Neruda: ‘Canto General’(1950), en cuyos versos inaugurales: se rescata, sintetiza y proyecta su originaria significación geo-ecológica y cultural.

2.- El espacio en el discurso emancipador e integracionista (siglo XIX).

"De la letra de la ‘Carta de Jamaica’ a ‘Nuestra América’ se lee hoy con estremecimiento la elocuencia de nuestra dignidad" (ANA PIZARRO, 1994).

En una primera lectura intratextual destacaremos los referentes ligados al territorio y sus implicancias político-culturales, para luego intentar una sintética lectura inter-textual resaltando la similitud de sus constructivos planteamientos americanistas.

‘Carta de Jamaica’ (1815): para el Libertador, el país, ‘mi patria’, es la más bella parte del globo, la cual mide en leguas (3000/900), cercada por ‘dilatados mares’, adjudicándole una población de 1.600.000 ‘americanos’. Desde el punto de vista político-institucional, Bolívar centra aquí su preocupación en tres aspectos fundamentales atingentes a estas ‘provincias americanas’: a) el corte definitivo de los lazos con los ‘destructores españoles’; b) la condición identitaria ‘mestiza’ del ciudadano emergente (‘no somos ni indios ni españoles’), y c) la búsqueda de la mejor forma de Gobierno y Administración del Estado, que ‘nazca del país mismo’, lo que requiere, dada la ‘falta de conocimientos previos y de práctica de los negocios públicos’, una labor de formación cívica y educación. Junto con postular ardientemente la Unidad, el Libertador ya connotaba la diferencialidad existente: "Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; más no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, características desemejantes dividen a la América". Mientras, sostenía que ‘Moral y luces son nuestras primeras necesidades’, frase que constituirá el apotegma cultural del insigne venezolano.

‘Sociedades americanas en 1828’: de todos los pensadores del siglo XIX el más revolucionario fue el caminante y ecologista don Simón Rodríguez. ‘Amigo de la naturaleza’ le llamó su discípulo Bolívar, a quien el Maestro inculcara tanto valores sociales como ecológicos. Según don Simón, la tierra era de sus originarios dueños indígenas, y con ellos era necesario colonizarla, lo cual requería una educación pública, gratuita, integral, ligada al trabajo y popular. Consideraba la América como el lugar en que se haría realidad de Utopía de T. Morus. Al igual que Montesquieu y Bolívar, pensaba que la razón de las instituciones se hallan en su suelo, en la índole de sus gentes, en el estado de las costumbres y en el de los conocimientos con que deben contar. Ambos Simones venezolanos insistieron en afirmar lo común e idiosincrásico, frente a las diferencialidades que la dividían y obstaculizaban la integración continental.

Entre otros múltiples oficios y roles ejerció el de ‘geo-físico’ y ‘agrimensor’ (Río Vincocaya, en Arequipa, y Bío-Bío, en Concepción), resaltando la importancia del agua para la economía rural y para la cultura regional: Busquen hilos de agua/ ellos les darán con que/ beneficiar gruesas vetas de metal, decía. Conceptos como ‘economía sustentable’, ‘ecosistema’ o ‘educación ambiental’ están ya incursos en sus paradojales escritos. En el ‘Informe del terremoto de Concepción’ (1835) estampa esta advertencia, que lo convierte en precursor de la ‘protección del medio ambiente’ nacional: "Si Chile no coarta, por un Reglamento bien entendido, la facultad ilimitada de quemar bosques, se verá privado del beneficio de las fábricas que se sirven del fuego: un país no prospera sin ellas, y Chile es angosto…muchos de los árboles que se destruyen necesitan 80 o 100 años para reponerse" (O.C., I : 263). En función de la tierra y sus gentes predicaba que el camino no está en la desunión sino en "la unión solidaria y autónoma frente a los del Norte y Europa para constituirse en Repúblicas originales…sean amigas si quieren ser libres, e insistía que la América no debe imitar servilmente, sino ser original" (O.C., II: 110). De aquí su máxima, tan obligante y tan olvidada como su figura en esta América ingrata: ‘O inventamos o erramos’.

La defensa y compromiso asumido por don SIMÓN con la tierra y los indígenas se lee y advierte coherente y perseverante durante todo su trayecto bio-bibliográfico, sin cambios ni renuncios. Antes bien, reclamaba para ellos, los ‘dueños del país’ (o ‘legítimos propietarios del país’, como los califica Bolívar), atención y justicia preferentes. Don Simón no sólo asimiló y defendió la cultura y lenguaje autóctonos, sino convivió con mujeres indias, tuvo amigos y descendencia mestiza. En su proyecto educativo popular, como ya consignamos, eran los indígenas los sujetos sociales privilegiados. Preconizaba, sin ambages, el rescate y revalorización de lo autóctono (frente a lo foráneo: europeo y estadounidense), abogando – en contraposición a Bello, como veremos - por la substitución de la enseñanza del Latín por el Quechua en el Altiplano andino, como reeditará para Nuestra América, a fines del siglo XIX, José MARTÍ. Más que ‘latinazgos’ (Medas o Persas) importa, afirmaba el Maestro, conocer a nuestros indios y sus culturas. Coincidía con Bello - eso sí - en que era esencial aprender el Castellano, por todos mal hablado, a diferencia del indio que sí hablaba bien su idioma.

‘Discurso Inaugural de la U. de Chile’ (1843): esta formidable pieza oratoria fundacional y académica de don Andrés Bello es extrapolable al resto de las naciones y a la Hispanoamérica toda. Para el Rector cultural, las Repúblicas Hispanomericanas de este dilatado Continente y sus instituciones ya independizadas, para consolidarse deben ‘acomodarse al estado presente de la civilización (de Europa y Estados Unidos: sus modelos) y a las necesidades propias’, lo cual requiere como preocupación prioritaria de sus Gobiernos la formación educativa y práctica, en el orden moral, político, científico y artístico. Las condiciones geo-culturales específicas son explícitamente reconocidas: "La medicina investigará…las modificaciones peculiares que da al hombre chileno su clima, sus costumbres, sus alimentos…(apreciar) en su justo valor el conocimiento de la naturaleza…".

En un respecto sí, el hispanofilismo de Bello lo lleva, a diferencia de su coterráneo Rodríguez, a depreciar y dictaminar la desaparición de las etnias autóctonas. Si bien en su retiro londinense antes de cantar a la ‘Agricultura de la Zona Tórrida’ había cantado los nombres de Caupolicán, Guaicaipuro, Huitaca, Chuquisaca, Tupac Amaru y Cundimarca, ya instalado en Chile propone como prioritario el aprendizaje de la lengua castellana y de su progenitor latín, en detrimento de las lenguas (y costumbres) aborígenes. Su poderoso influjo hizo imposible la aprobación de la lengua mapuche como segundo idioma en la enseñanza (1848), y coadyuvó en la intención de exterminio de lo aborigen. Decía: "En la América está pronunciado el fallo de destrucción sobre el tipo nativo… las razas indígenas desaparecerán y se perderán en las Colonias de los pueblos transatlánticos, sin dejar más vestigios que unas pocas palabras naturalizadas en los idiomas advenedizos, y monumentos esparcidos a quien los viajeros curiosos preguntarán en vano el nombre y las señas de la civilización que les dio el ser" (O.C., XIX: 167). Decir que en un jurista es sentencia. No es de extrañar que fuera propulsor involucrado en la ‘pacificación de la Araucanía’ (que otrora celebrase ‘indómita’); así, en la Memoria Anual del Presidente Prieto, informa: "El ejército del sur…escarmentando las tribus indias cuyas incursiones han infestado la Frontera…disuelta así la poderosa liga de los bárbaros…" (O.C., XVI: 34). Su europoncentrismo le impidió valorar la substancia identitaria vernácula en Nuestra América, que se encargará de restituir y revalorizar el cubano-americano José Martí..

‘Nuestra América’ (1891): el cultivador de la ‘rosa blanca’ releva en su americanista alocución ‘la armonía secreta de la naturaleza, en el continente de la luz’, incluida una tenaz defensa de lo propio: El vino, el plátano, y si sale agrio, ¡es nuestro vino!. Al igual que los textos anteriores, en este de Martí se sobreentiende que las formas de gobierno de un país han de nacer desde él, y acomodarse a sus elementos naturales (‘los factores reales del país en que se vive’), reeditando la primacía otorgada por don Simón Rodríguez a la creatividad: se imita demasiado y la salvación está en crear, e idear un sistema que sea útil y eficaz en estas tierras americanas. Advierte y asume la diversidad empalmada en la autoctonía como sincrética simiente del proceso de identidad colectiva: en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos…la América trabajadora, del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semi, por las naciones románticas del continente, la semilla de la América nueva!.

De la anunciada lectura inter-textual es posible extraer algunas recurrencias compartidas por los emancipadores novocentistas:

i) La significación basal de la ‘tierra’ en el proceso de socio-génesis cultural queda patenta y latentamente inscrita en todos ellos. Ella es enclave y anclaje, infraestructura que sostiene y afirma, la cual hay que estudiar y considerar en primer lugar al intentar construir la institucionalidad de los países y de Nuestra América. De aquí la necesidad de conocer, de prepararse cívica, científica y tecnológicamente, esto es, la prioridad de la EDUCACIÓN, para actuar autónomamente en la solución de los problemas. Toda forma de auto-gobierno requiere conocer la propia realidad, ‘los factores reales y necesidades del país’, el medio natural y social en su diversidad biológica y cultural

ii) Ligado a la tierra emerge el tema identitario etno-cultural, inaugural y magistralmente expuesto por el Libertador (‘pequeño género humano’), consignándose sus características distintivas en cuanto a diversidad geo-ecológica y a heterogeneidad socio-cultural, y a la vez, la vocación y expectativas de los actores-autores por la Unidad e Integración de tales diferencias, con matices, en un referente afectivo-ideacional común: la América Latina (‘Ideal bolivariano’), cuya sintaxis unitiva incluía, por tanto, su diversidad.

iii) El rechazo visceral al coloniaje político y cultural ejercido antes por España, ‘desnaturalizada madrastra’, a cuyo maléfico influjo déspota, vil y criminal, se debía en gran parte el estado de indefensión y carencia de preparación para auto-gobernarse adecuadamente los países americanos. Frente a ese poder hegemónico surge la motivación autonómica, con basamento en lo propio, en la educación y creatividad de los suyos, único camino para constituirse en Repúblicas originales, justas y libres. Es oportuno y digno de consignar aquí un texto antecesor, escrito en Chile, por don Francisco Núñez de Pineda en el siglo XVII (1673), en el cual inauguralmente, por una parte, se expresa un comienzo del proceso de ‘identidad nacional’, y por otra, se reivindica el derecho al auto-gobierno: "Entre las causas primeras que hemos insinuado, para que nuestra patria Chille…es una de ellas sin duda el que a gobernarle vengan forasteros, que son los que procuran y solicitan sus mayores utilidades desnudando a otros para vestirse a sí y a sus paniaguados…son los que menos caben y consumen a Chille, y lo van acabando a toda priesa, y a los habitadores despojándolos de sus bienes…que mudase rumbo… fuese saludable ante todo sea quien gobierne a su patria algún natural experimentado hijo de ella" (‘Cautiverio feliz’, 1863: 421).

iv) Junto a todo esto, en el fondo transtextual se emite también un meta-mensaje, a veces no suficientemente advertido: tal énfasis autonomista no colide con la relación inter-cultural (ya no hegemónica) con otros territorios y con el mundo. No se trata de la exclusión: localismo o cosmopolitismo, ambiente o habitante, etno o altercentrismo, patria o mundo, sino de la inclusión, en síntesis, se trata de cambiar la ‘o’ por la ‘y’: América Latina y el Mundo, inserta y significando en él, pero sin el juego dominio-sumisión y con un orden prioritario: primero lo nuestro, luego lo otro, en el modo sintetizado por J. Martí.

En particular, respecto a Estados Unidos, referente modelar obligado al tratar sobre la identidad latinoamericana, el discurso es ambigüo o ambivalente. Salvo Simón Rodríguez, los demás le otorgan un estatuto de modelo paradigmático, por angas o por mangas. Sin embargo, en otros discursos la semántica es distinta, avizora y aleccionadora. Veamos: Simón Bolívar (1819):"Los Estados Unidos parecen ser destinados por la providencia a plagar de hambre y miseria a toda la América en nombre de la libertad"; Simón Rodríquez (1828): La sabiduría de Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son dos enemigos de la libertad de pensar…en América"; Andrés Bello (1854)::" a recibir de un capitalista casi siempre extranjero un escaso salario. El país ganará; pero, qué es el país, abstraido de sus actuales habitantes?. En medio de los síntomas de prosperidad que te he descrito… me asustan los yanquis"; J. Martí (1891): "ni el libro europeo ni el libro yankee daban la clave del enigma hispanoamericano".

Pareciera que tales admoniciones terminaron ‘arando en el mar’, si es que analizamos las condiciones de neo-coloniaje político-económico, cultural y comunicacional en las que van discurriendo nuestras series culturales, educacionales y tecnológicas, expandidas por los espacios territoriales y virtuales de Nuestra América, y grabadas en el disco-duro del neo-liberalismo, la Modernidad y las globalizaciones económicas y comunicacionales.

3.- La voz de la tierra en un inicial canto de Pablo Neruda.

"El personaje que habla, o canta, desciende a las profundidades de la tierra y del océano a sentir la materia en el acto del génesis pero asciende, asimismo, a las alturas de las montañas buscando la suprema revelación, enfrentado al misterio de la enajenación histórica y de la muerte" (F. ALEGRÍA, 1976, Prólogo).

De algún modo, las preocupaciones, afirmaciones y expectativas que permearon los discursos emancipatorios del siglo XIX, en particular la condición fundante de la categoría espacio-terrestre y el afianzamiento prioritario de la identidad amerindiana en lo telúrico y vernáculo, son rescatados, profundizados y resignificados por el poeta Pablo Neruda en toda su producción madura, en particular en su magna obra ‘Canto general’ (1950). De su texto extendido en 15 Cantos, focalizaremos nuestra lectura en el Canto I (‘La lámpara en la tierra’), en tanto en él se relevan y consagran los factores genésicos de índole geo-ecológica que conforman el patrimonio matriz del constructo identitatorio latinoamericano. En tal sentido y proyección dice A. Pizarro: "Es evidente que Pablo Neruda ha construido una parte importante del imaginario chileno y continental" (1994: 34).

La cosmogonía indígena transmitida a través de sus mitos y creencias, en su oralitura y literatura, en sus expresiones artísticas e icónicas, connota como idea-fuerza persistente el entramado y urdimbre existente entre sus habitantes y la configuración del espacio físico, entre los originarios y su hábitat (‘madre-tierra’) como piso de sostén y entorno, interacción explicitada en el modo de una dialéctica y coalescente construcción recíproca y permanente. Al igual como hicieran los filósofos griegos de la naturaleza, con Empédocles a la cabeza, en las matrices semánticas de las leyendas cosmogónicas mesoamericanas (nahua) y andinas (quechua) se recoge el impacto telúrico causado por desastres y cataclismos ligados a los cuatro elementos físicos: tierra (terremotos), aire (huracanes), agua (diluvios) y fuego (erupciones volcánicas y efecto solar).

Es este comienzo genésico y desarrollo natural el que cuenta Neruda en el propio comienzo del ‘Canto General’. El mundo amerindiano se inicia por lo geo-físico y ecológico (vegetal y animal), primero la materialidad terráquea y solar que hace posible la vida, soporte y anclaje previos desde los cuales es viable la creación y constitución del constructo humano.

Ubicado empáticamente en la antesala del tiempo pre-colombino (Amor América, 1400), en un territorio con muchos de sus espacios aún sin nombre, prioriza la formación y pre-existencia de la infra-estructura geo-física, de la tierra como continente del contenido humano: ríos, cordilleras, humedad y espesura, las pampas desérticas. Aquí enclava su enunciado-clave: El hombre tierra fue, por eso se identifica y pronuncia: Yo, incásico del légamo,/ toqué la piedra y dije…Tierra mía sin nombre, sin América…

Las primeras letras nerudianas contando y cantando Nuestra América están escritas, entonces, desde la tierra, con su roca-madre, sus aguas fluviales y volcanes, rescatando junto con ella los olvidados orígenes del ‘padre mío’, del indígena ligado simbióticamente con su entorno.

El orden de aparición de los elementos geo-ecológicos parte con las ‘vegetaciones’ y su fertilidad (‘útero verde’): el árbol-madre, el maíz, el ombú, las raíces de la América arboleda. Lo primero, pues, la flora, la dimensión botánica de la bio-diversidad. Y con ella, la fauna, las bestias, los zoológicos huéspedes: la iguana, el guanaco, la llama, los monos, caimanes y jaguares, la anaconda. Luego, el concierto ornitológico, los pájaros caribeños y andinos: cardenales, tucanes, colibríes, loros, cóndores, águilas, horneros, atajacaminos, la torcaza araucana, loicas, flamencos, el divino quetzal, el albatros marino. Sobrevienen ahora raudos los grandes ríos, cuyas aguas trepidan la cintura americana: Orinoco, Amazonas, Tequendama, Bío-Bío. Antes del Hombre, refulgen duros y brillantes los minerales: las turquesas, la hulla, el antimonio, el vanadio, el zafiro, el cobre, el oro chibcha, el ópalo, las amatistas, la colombiana esmeralda. La piedra, educada por la sal y su proceso transformacional: Mientras la palma dispersaba/ su columna en altas peinetas/ iba la sal destituyendo/ el esplendor de las montañas, / convirtiendo en traje de cuarzo/ las gotas de lluvia en las hojas / y trasmutando los abetos/ en avenidas de carbón.

Entonces y sólo entonces, emergen desde los nichos ecológicos, con un piso vital ya establecido ‘los Hombres’, consubstanciados con su ambiente terrestre: Como la copa de arcilla era/ la raza mineral, el hombre/ hecho de piedras y de atmósfera/ limpio como los cántaros, sonoro, con su lenguaje, creando fuego y mitos: los religiosos aztecas, los sabios mayas y sus cenotes sacrificiales, los selváticos guaraníes y en el sur: en el fondo de América sin nombre/ estaba Arauco entre las aguas, con sus árboles, pumas y piedras…; las ciudades: Chichén, Macchu Picchu, Cuzco. Germinaba en las terrazas/ el maíz de las altas tierras/ y en los volcánicos senderos/ iban los vasos y los dioses. La agricultura se extiende ‘como un manto de sol desgranado’, tanto por la tierra así rescatada como por los surcos de los versos que la han cantado en esta primera incursión en su Historia natural y social.

Tales son los abisales orígenes de nuestros antepasados, según son contados por el poeta Pablo Neruda, cuyo asumido rol de cronista y cantor de esta América morena lo consagraron como una voz representativa y genuina que expresó cabalmente la primaria condición terrestre de sus habitantes primigenios. Por eso escribió su Canto: Para contar la Historia..

La pertinencia y corroboración que en este Poema hemos encontrado respecto a nuestra preocupación temática nos ahorra mayores análisis, por ello lo dejamos como corolario de este Trabajo, y como poderoso aval de nuestra tesis de que el ‘espacio terrestre’ significa una categoría matricial y distintiva en el proceso de construcción de identidad psico-social y cultural latinoamericana

 

 

IV.- BIBLIOGRAFÍA.

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