II CORREDOR DE IDÉIAS - II CORREDOR DE LAS IDEAS

INTEGRAÇÃO E GLOBALIZAÇÃO

 

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EL MODERNISMO Y LA MIRADA CIRCULAR

 

Leda Schiavo

(Univ.Illinois-Chicago)

A fines de este siglo y milenio hemos asistido a increíbles avances tecnológicos en las comunicaciones. El proceso de globalización es una preocupación ineludible y se lo aborda desde múltiples puntos de vista. Vivimos, quién lo duda, en un mundo diferente no sólo del que vivió la generación anterior, sino diferente de aquél en que la mayoría de nosotros hemos sido educados. Apenas podemos vislumbrar lo que estos cambios significarán en el campo de la cultura y la educación.

Estamos ahora mejor preparados para entender cuánto incidieron en las mentalidades los avances tecnológicos de fines del siglo XIX, para decodificar qué significó ese primer proceso de globalización en el que se fue consolidando una nueva percepción del tiempo y del espacio. Hoy, desde la posmodernidad, podemos ver más distintamente a los modernos del siglo XIX, a los que se llamaron a sí mismos y fueron =llamados -con buena o mala intención- "modernistas".

Vayamos por partes. Un hecho que me parece paradigmático del primer proceso de globalización es la aceptación internacional de la hora universal, hecho que acabó con la anarquía de las horas locales. En 1884 hubo una primera reunión en Washington, con representantes de 25 países, para dividir la tierra en 24 usos horarios y aceptar como meridiano cero el de Greenwich. No fue hasta 1912 que la propuesta fue aceptada universalmente en la Primera Conferencia Internacional sobre el tiempo, reunida en París. A las diez de la mañana del 1o. de julio de 1913, una señal horaria trasmitida desde la torre Eiffel dio la vuelta al mundo por primera vez.

Competir por establecer récords en dar la vuelta al mundo se había convertido en una obsesión desde que Phileas Fogg lograra hacerlo en sólo ochenta días en la célebre novela de Julio Verne, publicada en 1873. En 1913 la señal horaria convencionalmente aceptada por todos dio la vuelta al globo con la velocidad de la luz, globo ahora definitivamente domesticado con una camiseta de 23 rayas.

La mayoría de los críticos literarios está de acuerdo en que, alrededor de las fechas que estamos barajando, nace, crece y quizás muere, el modernismo hispânico. Es la época en la que el telégrafo, el teléfono, el automóvil, el cine, producen un cambio sustancial en la percepción del tiempo y el espacio.

Y lo nuevo, en los modernistas, es que inauguran una nueva manera de mirar, inauguran la mirada de ida y vuelta, la mirada circular, la mirada recíproca, la mirada del colonizador colonizado o la del colonizado colonizador. Mirar, ser mirado, volver a mirar: algo tan

diferente de la mirada romántica. Gracias a los adelantos tecnológicos los modernistas tienen un contacto constante con sus pares, ya sea por los viajes, por el periodismo, las revistas o el intercambio epistolar. Hay coincidencias epocales, más en esta época que en el romanticismo, simplemente porque a fines del siglo XIX se empezaba a vivir de alguna manera, en una 'aldea global'.

Rubén Darío, que se llamó a sí mismo "español de América y americano de España", "peregrino de arte", cantor "errante", es la figura arquetípica del mundo hispanoamericano. Valle-Inclán va y viene por América, y en 1926 su mirada circular cuaja en la novela más importante del modernismo español: Tirano Banderas.

En el último tercio del siglo XIX España e Hispanoamérica recomienzan una relación duradera gracias a variadas circunstancias. Las comunicaciones mejoran, a partir de la adhesión de España, en 1880, a la Unión Postal Internacional; en el mismo año las universidades y academias militares españolas deciden aceptar los títulos expedidos en América. Entre 1880 y 1890 casi todos los países hispanoamericanos firman con España tratados de respeto a la propiedad intelectual. Desde 1871 la Real Academia Española buscó ganarse a escritores americanos haciéndolos miembros correspondientes de sus respectivos países, y desde 1884 incorpora sistemáticamente americanismos en su diccionario. El Congreso de Americanistas celebrado en Madrid en 1881, la Unión Ibero-Americana, fundada en 1885 y la Exposición Internacional de Barcelona de 1888 fueron ocasiones buscadas por España para ganar a sus ex colonias. A esta última solo concurrieron Bolivia, Chile, Ecuador, Guatemala y Costa Rica.

Entre los actos conmemorativos de la celebración en 1892 del Cuarto Centenario del Descubrimiento, hay que destacar la convocatoria en Madrid de un Congreso Literario Hispano-Americano, organizado por la Asociación de escritores y artistas españoles y celebrado entre el 31 de octubre y el 10 de noviembre. Rubén Darío hace su primer viaje a España como miembro de la Delegación de Nicaragua y, aunque no lee ponencia o comunicación en el Congreso, es reconocido como "el pintoresco, elegante y vigoroso Rubén Darío, uno de los vates de más alto vuelo del Parnaso americano" por José Alcalá Galiano. No todos los países americanos participan en el Congreso y algunos se resienten de lo que consideran excesivo paternalismo español. Como parte de la celebración de este congreso, la Real Academia Española encargó a Marcelino Menéndez y Pelayo una Historia de la poesía hispanoamericana, que éste terminó en 1895. Juan Valera venía publicando en Los Lunes de "El Imparcial" los artículos sobre literatura que luego recogió con el título de Cartas americanas. De estas cartas, las m=E1s citadas, son las que publicó el 22 y el 29 de octubre de 1888, dirigidas a Rubén Darío tras la lectura de Azul: "Todo libro que desde América llega a mis manos excita mi interés y despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan viva como el de usted, ni bien comencé a leerlo".

La política de acercamiento iniciada por España durante la Restauración para defender el comercio y la unidad del idioma tiene sus frutos durante y después de la guerra de 1898, ya que, a raíz del conflicto, todos los países americanos expresan su solidaridad con España. La derrota de España ante Estados Unidos, vista como una derrota de la raza latina frente a la anglosajona, afectó tanto la imaginación de las jóvenes repúblicas que quedó en segundo plano el logro de la independencia de Cuba. Rubén Darío expresa un sentir general en El Tiempo, de Buenos Aires al afirmar "Y yo, que he sido partidario de Cuba libre, siquier fuese por acompañar en su sueño a tanto soñador, y en su heroísmo a tanto mártir, soy amigo de España en el instante en que la miro agredida por un enemigo brutal, que lleva como enseña la violencia, la fuerza y la injusticia. Ud. no ha atacado siempre a España? -Jamás. España no es el fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la América que no conoce; la España que yo defiendo (...) se llama la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América".

Puede considerarse fruto de este sentimiento de solidaridad con la 'madre patria' el hecho de que todos los países, menos Bolivia, enviaran representantes al Congreso Hispano-Americano celebrado en Madrid en 1900.

En el Congreso de 1892 había quedado claro que a la España oficial le preocupaba la unidad de la lengua y que se erigía en defensora del purismo académico. Las novedades de los modernistas molestaban, y mucho más si eran hispanoamericanos, ya que el alejamiento de la metrópoli -decían los puristas- y la excesiva admiración por lo francés, contribuía, según este sentir, a la corrupción del idioma. Rubén Darío tuvo admiradores en su primer visita a Madrid y también, detractores importantes. Pero la solidaridad entre los nuevos poetas que luchaban contra el academicismo y la vieja retórica se iba a dar, naturalmente, al margen de celebraciones oficiales y de la Academia.

La polémica sostenida en el filo del siglo entre Juan Valera y Rufino José Cuervo sobre la unidad del idioma español muestra las obsesiones de la época. Cuervo sostenía, tras haber estudiado las diferencias fonéticas, léxicas, morfológicas y sintécticas del español de América, que la fragmentación del idioma era inevitable, por la debilitación de las relaciones entre los centros culturales y el aislamiento; y establecía paralelos con el latín vulgar y el nacimiento de las lenguas roménicas. Valera, desde una posición españolista, y sin ser un filólogo, rechazaba indignado esta posibilidad y defendía la unidad del idioma. El tiempo le dio la razón a Valera, quien no por casualidad había sido el delegado español a la reunión de Washington que aceptara a Greenwich como el meridiano inicial universal en 1884. El aislamiento del que hablaba Cuervo iba a ser paulatinamente imposible, simplemente una cosa del pasado.

La idea de la corrupción y degeneración del idioma era uno de los fantasmas fin-de-siècle que los jóvenes aceptaron positivamente a uno y otro lado del océano. Para ellos significaba oponerse al academicismo, a sobrevalorar las épocas consideradas clásicas, y eso los unió, por encima de las diferencias nacionales. Todos tenían una fuente común, la literatura de la metrópoli cultural: París. De la literatura francesa heredaron el nombre de decadentistas, con el que primero se identificaron los nuevos escritores. Crear palabras nuevas, misteriosas, con capacidad de evocación y sugestión, palabras capaces de descubrir un matiz o un significado ambiguo, fue la preocupación de estos jóvenes escritores.

La nueva literatura ten=EDa una concepción no académica del lenguaje, por eso sus defensores se entusiasmaron con la idea de decadencia, que significaba un lenguaje más rico, con más matices, un lenguaje transgresor, un lenguaje sin los límites estrechos de una normativa. Los nuevos fueron atacados tanto en España como en América, no sólo por innovar linguísticamente, sino por todas las implicaciones negativas que tenía la palabra "decadente"; por esta razón se impuso más tarde el nombre de modernismo.

El decadentismo-modernismo no sólo buscó "extravagancias gramaticales y retóricas", como diría Valle-Inclán en su definición del movimiento, sino que fue una nueva concepción del mundo, al reaccionar contra el positivismo y el realismo. Los modernistas buscaron otras formas de acercarse a la realidad, otras maneras de conocer, nuevas estructuras para el verso y la prosa. Quisieron hacer de la vida una obra de arte y de la obra de arte un objeto autónomo. Hubo una gran polémica a fin de siglo, precisamente la que giró en torno al compromiso del escritor frente al llamado 'arte puro' o 'arte por el arte', y esa polémica está en el centro de la futura división que hizo la crítica en España entre noventayochistas y modernistas. Lo demás es anecdítico, porque tan modernista e innovador fue Unamuno, a pesar de atacar el modernismo, como Valle-Inclán, su paladón. La división entre 98 y modernismo enorpeció a la crítica española, la llevó a fátiles disquisiciones de contenido, impidió que se viera el fin de siglo español en sus relaciones con la literatura universal y sirvió sobre todo al inmovilismo nacionalista. Separó también a la literatura producida en Madrid de la literatura producida en lengua castellana, e impidió ver las relaciones con un movimiento tan importante como el modernismo catalán.

Las afirmaciones anteriores polemizan en varios frentes. La denominación de modernismo para un amplio período de la literatura hispánica no ha terminado de consolidarse, aunque las direcciones actuales de la crítica vayan firmemente en ese camino.

La crítica había trazado en España una tajante división entre modernismo y noventayocho, pero este punto de vista parece superado. Aunque los volúmenes de Historia y crítica de la literatura española dedicados a este período se siguen titulando Modernismo y 98, su compilador, José-Carlos Mainer, justificando el título se refiere a "la nueva y ampliada formulación del término modernismo que, a la fecha y casi ya desde entonces, resulta ser el indiscutible vencedor de la mal avenida pareja modernismo-noventayocho que, sin embargo, una convención escolar inevitable conserva todavía como título al frente de este volumen" (p. 5, 1994).

Conviene ahora resumir brevemente cómo y por qué se ha llegado a la superación de esta dicotomía.

En varios artículos publicados en 1972, y luego en su libro Sociología del 98, José Luis Abellán sostuvo que la diferenciación clara de una generación del 98 era esencial para el estudio de las ideas en España. Abellán escribía como respuesta a la opinión expuesta por Ricardo Gullón en La invención del 98 (1969), para quien el concepto del generación del 98 "es el suceso más perturbador y regresivo de cuanto afligieron a nuestra crítica en el presente siglo".

En la crítica literaria española esta discusión venía precedida por una constante que pretendía superponer cronológicamente los conceptos historiográficos supuestamente antagónicos de 98 y modernismo. Fue Pedro Salinas el que, primero en sus clases y luego en artículos y sucesivas ediciones de su libro Literatura española del siglo XX, estableció una clara distinción entre los autores que, segúnn él, se evadían de la realidad por su adscripción a teorías esteticistas y los que estaban preocupados "por el tema de España". En su trabajo "El problema del modernismo en España, o un conflicto entre dos espíritus" considera que los nombres más representativos del modernismo son Darío, Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez, y los del 98 son Unamuno, Azorón, Baroja y Antonio Machado. A Valle-Inclán le dedicó un artículo especial, titulado "Valle-Inclán, hijo pródigo del 98", con el que inauguró la tendencia crítica que dividía al "nefelibata" autor de las Sonatas del autor comprometido de los esperpentos. Con pocas excepciones, la crítica siguió dividiento a los noventayochistas de los modernistas durante por lo menos tres décadas.

En cuanto a la historia de las ideas no podemos soslayar el hecho de la apropiación del concepto de 'generación del 98' por intelectuales que tuvieron voz y preponderancia durante el franquismo. Calvo Serer es un ejemplo paradigm=E1tico de cómo la derecha domesticó a los autores del 98. En su artículo "Del 98 a nuestro tiempo", publicado en 1949, sostiene que aquella generación defendió la España "tradicional y eterna" y considera que Unamuno, Azorón, Baroja y Maeztu son los escritores característicos del 98. Analiza el camino de estos escritores desde la heterodoxia a la ortodoxia, por lo que el autor más celebrado resulta Maeztu y el más problemático o difícil de incasillar, Baroja.

El inmovilismo de la era franquista y la apropiación convenientemente depurada de las figuras del 98 dieron lugar a juicios negativos de los escritores que surgen con "el medio siglo". Así, el siempre rebelde Juan Goytisolo afirmaría, en la década del 60 que "detenida en la problemática del Modernismo y 98, nuestra vida cultural vegeta en el culto baldío y anacrónico de sus dioses, ídolos y santones".

Entre la disputa ideológica y la miopía crítica, la literatura española de fines del siglo XIX se vio aislada, salvo casos excepcionales, de la literatura europea y americana. Hubo sin embargo quienes vieron en fecha temprana la relación entre el modernismo en España y los movimientos europeos; me refiero a Federico de Onís y Juan Ramón Jiménez, seguidos por Ricardo Gullón. El otro flanco de ataque al modernismo fue el de los críticos que vieron sólo la faceta esteticista, torremarfileía, y lo denigraron por falta de compromiso e ideales, sin ahondar en las corrientes filosóficas que sustentaban ese esteticismo. Para sumar más problemas a la confusión, algunos críticos se ocuparon de destacar la preeminencia latinoamericana del fenómeno modernista.

A partir de la década del 70, con el viraje de la crítica para desembarazarse de la división tajante que se había establecido entre modernismo y noventayocho, se impuso la denominación 'fin de siglo' gracias a los estudios de Inman Fox, Lily Litvak, Hans Hinterhäuser e Iris Zavala, hasta que cuaja, llegados ya a nuestro fin de siglo, en los indispensables trabajos de Pilar Celma Valero.

En los últimos cuarenta o cincuenta años la crítica hispánica ha avanzado notablemente en la percepción del fenómeno modernista. Un camino lleno de posibilidades es el que relaciona el modernismo hispánico con el Modernism, porque de esta manera se percibe mejor lo que tuvo de revolucionario y profundo aquel movimiento tan minusvalorado en tantos frentes. Con sus raíces en el romanticismo y con varias ramas ya en la vanguardia, el modernismo se estudia en los últimos años como época, como escuela y como movimiento que tuvo manifestaciones en todas las artes, tanto en España como en América; así lo demuestran los últimos libros de José Luis Abellón y José-Carlos Mainer, en lo que hace al terreno de las ideas.

Bibliografía citada

Actas del Congreso Literario Hispano-Americano celebrado en Madrid en 1892. Edición facsímil, Madrid, Instituto Cervantes, 1992.

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María Pilar Celma Valero, La pluma ante el espejo (Visión autocrítica del "Fin de siglo", 1888-1907), Universidad de Salamanca,

1989.

Maria del Pilar Celma Valero, La crítica de actualidad en el Fin de siglo (Estudio y textos), Salamanca, Ediciones Plaza Universitaria,

1989.

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Lily Litvak, Espa=F1a 1900. Modernismo, anarquismo y fin de siglo, Barcelona, Anthropos, 1990.

José-Carlos Mainer, Modernismo y 98, vol. VI de Historia y crítica

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José-Carlos Mainer, Modernismo y 98. Primer suplemento, Historia y crítica de la literatura española, dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1994.

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