REDES
INTELECTUALES, INTEGRACIÓN Y SOCIEDAD CIVIL EN
TORNO A LAS IDEAS DE FELIPE HERRERA
Eduardo
Deves Valdés
Quiero
comenzar agradeciendo a Antonio Sidekum y a quienes han trabajado con
él en la organización de este II Encuentro de El Corredor
de las Ideas.
Quiero
agradecer también a la UNISINOS por acogernos y dar cabida a
esta iniciativa de integración intelectual del Cono Sur.
Quiero
agradecer por últimos a los otros dos guías de esta organización,
a los profesores Hugo Biagini y Mauricio Langon.
I.-
Introducción
Estimadas
amigas y amigos:
Hace
poco menos de un año se realizó el I Encuentro de El Corredor
de las Ideas en Maldonado, Punta del Este, Uruguay. Hemos logrado generar
un segundo evento donde se agrupan numerosas personas que ya nos encontramos
la vez anterior y otras nuevas. El tema que nos agrupa: los estudios
sobre pensamiento y cultura latinoamericanos articulados al desafío
de la integración.
Este
tipo de temáticas se ha ampliado de manera importante durante
los últimos años, posibilitando y motivando, mejor dicho,
justificando la creación de una instancia específica que
reúna a quienes nos ocupamos de ello en esta franja de Nuestra
América.
Ahora
bien, quiero plantear de manera más explícita el tema
de esta charla: las ideas sobre integración y los circuitos intelectuales
que las sustentaron. La tesis que voy a defender es que en los años
60 se elaboró un mito (con todo lo ambiguo de la palabra) sobre
la integración, coherente con la sensibilidad de esa década.
Ese mito fue elaborado y difundido en el marco de una red de políticos
intelectuales que funcionó articulada al circuito de la Comisión
Económica para América latina (CEPAL).
Pero
antes de intentar la prueba de estas tesis, quiero realizar una serie
de propuestas metodológicas que aluden a los estudios sobre el
pensamiento latinoamericano y que permiten plantear (y resolver) las
tesis antes señaladas.
Es
necesario hacer al menos tres ampliaciones metodológicas para
abordar el asunto.
1º.-
Es necesario ampliar el ámbito de autores estudiados. Numerosas
historias de nuestro pensamiento se han referido a unos pocos autores
canónicos, clásicos del siglo XIX y primeras décadas
del XX, dejando de lado ámbitos sumamente relevantes y que tuvieron
impacto decisivo en espacios como el político, el económico,
el educativo, particularmente de la segunda mitad del siglo XX. Pero
no sólo ejercieron importante impacto, sino que realizaron también
aportes decisivos para el desarrollo de las ideas en el continente.
2º.-
Es necesario ampliar el ámbito disciplinario para no limitarse
a hacer lo que en un momento se llamó injustamente historia de
la filosofía latinoamericana, paradigma que dejaba afuera un
conjunto de líneas de trabajo de mucho vigor o creatividad y
donde se elaboraba un pensamiento particularmente original. Con esta
mirada no se podía ver prácticamente el pensamiento surgido
en ámbitos como el femenino, el espacio de lo afroamericano,
el pensamiento económico, entre varios otros.
3º.-
Es necesario ampliar los procedimientos para avanzar tanto en la comprensión
como en la explicación de nuestra evolución intelectual.
Pienso particularmente en la metodología del estudio de redes
intelectuales. Ésta permite, por ejemplo, integrar y superar
el asunto de las generaciones, permite igualmente ligar pensamiento
y práctica, al menos práctica, política y cultural,
permite relacionar a los autores con grupos más amplios y permite
entender la inserción institucional de dichos autores.
El
caso es particularmente decisivo porque si no realizamos estas tres
ampliaciones metodológicas, corremos seriamente el riesgo de
pasar por el lado, sin percatarnos de su existencia, de la corriente
de ideas más importante de la segunda mitad del siglo XX: el
pensamiento de la CEPAL, como ha ocurrido, de hecho, a varios entre
quienes han estudiado la historia de nuestras ideas.
No
tengo una propuesta para establecer una línea de demarcación
entre lo que debemos llamar pensamiento latinoamericano y lo que debemos
dejar fuera. No tengo una propuesta epistemológicamente fundada,
aunque sí fundada en el sentido común. No puede trazarse
esta línea dejando fuera a los sectores que han tenido mayor
impacto en su momento y que por ello son claves en la constitución
de nuestro pensamiento. El haber trazado esta línea en un mal
lugar ha significado otorgar un rol importante a Héctor A. Murena
y no mencionar a Raúl Prebisch, destacar a Jackson de Figueiredo
y olvidar a Celso Furtado.
La
Comisión Económica para América Latina (Cepal)
fue creada por las Naciones Unidas a fines de los años 40. Se
instaló en Santiago de Chile desde muy temprano guiada por el
economista argentino Raúl Prebisch secundando por el brasileño
Celso Furtado, así como de un conjunto de economistas y sociólogos
que fue creciendo a los largo de los años 50. Este equipo dio
origen a una red de personas que sin pertenecer a la institución
se identificaban más o menos con sus planteamientos.
Los
planteamientos de la Cepal, elaborados o sintetizados por Prebisch y
su equipo pueden resumirse como sigue:
1º.-
Preocupación por el tema del desarrollo y afán por formular
una teoría del desarrollo-subdesarrollo válida para nuestro
continente.
2º.-
Elaboración de un conjunto de categorías que permitan
entender y explicar la realidad económica del continente: centro/periferia,
deterioro en los términos del intercambio, desigual repartición
de los frutos del progreso tecnológico, por ejemplo.
3º.-
Formulación de un plan de trabajo para salir del subdesarrollo,
articulado inicialmente sobre la base del concepto de industrialización
substitutiva de importaciones.
Ahora
bien, esta institución no estuvo exenta de matices y evoluciones.
Ya desde fines de los años 50 y durante los 60 fue acentuando
nuevas ideas que no se encontraban resaltados en el primer cepalismo
o cepalismo clásico. Una cuestión clave en este sentido
es el énfasis puesto en las dimensiones sociales o culturales
del desarrollo, donde juegan un papel importante autores como José
Medina Echavarría y Alberto Baltra Cortés. Esta segunda
etapa se encuentra igualmente marcada por la idea de integración
que pasa a ser el complemento y en ocasiones la condición del
desarrollo. En éstos planteamientos es decisiva la figura de
Felipe Herrera.
II.-
Las ideas de Herrera
El
tema de la integración ha sido uno de los más abordados
por el pensamiento latinoamericano, aunque cambiando énfasis
y perspectivas según sean quienes lo han planteado en las diversas
épocas. En los años 60, fue tratado de manera específica
entroncando con el cepalismo, así como, en menor medida con el
ensayismo anterior e incluso con ideas provenientes del siglo XIX. La
integración se entendió como articulada al desarrollo,
siendo prácticamente necesaria para posibilitarlo. Fue entendida
como un proceso global que comprendía o debía comprender
todas las dimensiones de la realidad, marcando nítidamente un
antes y un después que transformaría al continente; es
decir, se constituyó un mito de la integración que no
fue sino expresión de la sensibilidad peculiar que animó
la década más intensa del siglo en nuestro continente.
Personajes
como Felipe Herrera, Raúl Prebisch, José Antonio Mayobre,
Eduardo Frei M., Rómulo de Almeyda, Rafael Caldera, Gabriel Valdés,
Celso Furtado, Carlos Sans de Santa María o Gustavo Lagos entre
otros, son muy relevantes para esta temática. Ellos forman un
circuito de pensadores-actores, pues todos ocuparon cargos de relieve
en el poder ejecutivo o en organismos internacionales. Sus escritos
son, en consecuencia, orientados muy claramente a promover la acción
o analizarla e iluminarla. Sólo en términos secundarios
se llevan a cabo reflexiones más teóricas desligadas de
la práctica. Hay no obstante, por otra parte, también
algunos ensayistas y cientistas sociales cuyos planteamientos, si bien
comprometidos igualmente en la promoción del proceso integrador,
abundarán más en elementos teóricos.
Felipe
Herrera fue quien más escribió sobre integración
durante los años 60 y quien con mayor fuerza elaboró una
serie de planteamientos que configuraron una visión globalizante
sobre el tema. Sus ideas acompañaron una abundante práctica
integradora. Herrera fue ciertamente un militante de la integración.
Ocupó cargos en el gobierno de Chile a mediados de los 50, dirigió
el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), contribuyó a la
creación del programa de las Naciones Unidas para el comercio
y el desarrollo (UNCTAD) y trabajó en la UNESCO. Puede afirmarse
que fue Herrera quien formuló el mito de la integración;
es decir: un corpus teórico globalizante que permite explicar
los hechos (en especial las dificultades) a la vez que constituir una
propuesta y una solución, corpus a su vez que ordena la historia
en un antes y un después otorgándole un sentido teleológico
donde hay fechas, acontecimientos y personajes claves.
La
forma de presentar sus ideas y los énfasis que establece nos
muestran claramente el tipo de sensibilidad que anima a Herrera. Sostiene
que frente a los conceptos pragmáticos sobre la integración
hay un anhelo de nutrir tales esquemas teóricos con un pensamiento
filosófico político que dé a la integración
el sentido global que ahora necesita. En otras palabras lo que desea
es una integración que vaya más allá de la fundamentada
en los conceptos de mercado común, planificación regional
y coordinación. Por ello piensa que es urgente formular y hacer
general una concepción que vincule las urgencias materiales latinoamericanas
con definiciones filosófico políticas capaces de dar sentido
a la solución unitaria.
Una
de sus propuestas claves en esta dirección es la idea de "nacionalismo
continental", que define como un nacionalismo que no surge como ayer
de la desmembración, de la atomización, de la proliferación
de fronteras sino que, por el contrario, se trata de un nacionalismo
emergente que surge de un concepto y de un proceso de reintegración.
Este nacionalismo continental no puede fundarse de manera similar a
como ha ocurrido con otros nacionalismos pues, son muchos los casos
históricos en los cuales la tendencia hacia la identidad nacional
no se nutre de la idea de separación o del deseo de individuación,
sino que por el contrario se manifiesta como una tendencia hacia la
asociación, una marcha hacia el reencuentro con un destino histórico
señalado por los siglos y que los acontecimientos habían
desviado de ruta, como ha ocurrido con América latina_.Según
Herrera, América latina es una gran nación deshecha y
es este acontecimiento histórico el que explica las causas y
las razones del desencuentro de América latina con su significado
potencial en el mundo. Ahora bien, por fortuna, los acontecimientos
más recientes parecieran indicar la iniciación de una
etapa final en un largo proceso negativo, al ganar vigencia día
a día el consenso, tácito o expreso, de que el desafío
histórico tiene una sola salida: la integración de América
latina_. Allí se concilian futuro y pasado pues, según
Herrera, al pretender su integración económica, afirma
América latina, en esta búsqueda, la raíz de su
propio pasado_. La integración es de este modo la reconstitución
de una nación balcanizada por la historia.
Herrera
recoge una tradición, incluso más: contribuye a la idea
de una tradición al final de la cual él mismo se inserta
. Ciertamente la construcción sobre el pasado es parte del mito
integrador y ello no sólo a partir de la idea de una nación
integrada anterior a las fuerzas centrífugas sino también
a partir de la idea de que existió un conjunto de hombres e ideas
que desearon vertebrar la nación latinoamericana desmembrada.
En
primer lugar, se hace eco de un conjunto de ideas, que en su época,
circulaba sobre integración. El componente más obvio es
el cepalismo. Herrera reconoce en Prebisch a un maestro. Por esta vía
puede suponerse que indirectamente empalma con uno de los maestros del
maestro: Alejandro Bunge. Éste había propuesto en los
años 20 la "Unión Aduanera del Sud". Reconoce también
la influencia recibida de Eugenio Orrego Vicuña, chileno que
en los años 30 había propuesto una serie de planes integradores.
Durante los 40, su época universitaria, las ideas del aprismo
producían bastante impacto en Chile y América latina.
Haya había destacado en reiteradas oportunidades su posición
latinoamericanista (indoamericanista). En 1925 decía que "uno
de los más importantes planes del imperialismo es mantener a
nuestra América dividida. América latina unida, federada,
formaría uno de los más poderosos países del mundo
y sería vista como un peligro para los imperialistas yanquis".
Uno de los puntos del programa inicial del APRA había sido
"por la unidad política de América latina", como lo marcó
en 1926. En 1931 propuso en su candidatura presidencial un programa
mínimo que era la concreción de otro máximo que,
se decía "no es sino la cristalización del ideal bolivariano"_.En
segundo lugar, Herrera se hace eco de una tradición más
antigua que hace remontar a los precursores de la Independencia, quienes
serían una suerte de prehistoria de Bolivar. Estos fueron ya
tempranamente capaces de pensar la nación latinoamericana "lo
mismo Miranda con su proyecto de Incanato, que Nariño, Caldas
y Espejo en su Escuela de la Concordia". Si fueron capaces de concebirla
de esta forma los precursores con mayor razón "en esa nación
pensaron los realizadores de nuestra independencia: lo mismo el padre
Hildalgo en México, al declararse generalísimo de las
Américas, que Belgrano en el Congreso de Tucumán, al hablar
de los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica".
No se quedaron tampoco atrás San Martín y O'Higgins, Santander
y Sánchez Carrión, Morazán y Santa Cruz, todos
alimentaron con calor la idea federalista o anfictiónica" y obviamente
quien culmina esta etapa del proceso es Bolivar el mantenedor expreso
de tal propuesta pretendiendo realizarla en el congreso de Panamá_.A
Simón Bolivar lo cita en diversas oportunidades como un personaje
clave e incluso escribe largo sobre él. Herrera sin duda se concibe
como un Bolivar de los tiempos que corren. Nos dice que Bolivar, los
anteriores y muchos de los posteriores, de los grandes, "pensaron en
términos continentales". ¿Qué significa que esos grandes
del pensamiento latinoamericano hayan pensado en términos continentales?
¿Quiénes son estos "grandes"? Afirma que es oportuno "recordar
a nuestro libertador cultural Andrés Bello; a los chilenos Juan
Egaña, Lastarria, Bilbao y Vicuña Mackenna; a los argentinos
del siglo pasado Echeverría, Alberdi y Sarmiento y en décadas
más recientes a Ingenieros, Ugarte, Gálvez y Rojas; en
el Caribe a Martí, Hostos y Pedro Henríquez Ureña;
en México a Justo Sierra, Vasconcelos y Alfonso Reyes; en la
patria centroamericana a José Cecilio del Valle; en Uruguay a
Rodó, a Montalvo en Ecuador y en Perú a González
Prada y Mariategui_. Insiste justamente en varios de estos personajes
puesto que "pertenecen a esa pléyade latinoamericana que con
certera intuición de la historia afirmó su convencimiento
de que el proceso de integración volvería a tener vigencia
en condiciones más propicias"_. De este grupo, es particularmente
relevante el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, puesto
que pocos como él "percibieron el sentido de identidad y cohesión
de América latina". Hostos abogó por la "Federación
Antillana", formada por Puerto Rico, Cuba y República Dominicana
que, con otras confederaciones parciales, llegará finalmente
a conformar una América latina confederada.
La
relectura de la historia intelectual y su recepción como un pensamiento
para la integración se articula a través de la idea de
conciencia continental a una idea del presente como el momento (la hora
que ha sonado) de la integración. En el presente culmina una
historia de retorno a la época inicial de la unidad y ello es
posible, entre otras cosas porque el mundo entero está buscando
diversas fórmulas de integración para aumentar la eficiencia
y el poder. De este modo la identidad y la utilidad se encuentran.
Sostiene
Herrera que durante la última década (1961-1970) en América
latina, adquiere especial gravitación el proceso de reafirmación
nacional", pero no se trata de un "nacionalismo de viejo cuño".
Piensa que tanto en los sectores dirigentes como en las mayorías
nacionales ha arriagado "la convicción de que era insoslayable
la necesidad de enfrentarse activa y audazmente con las limitaciones
internas y externas de nuestro desarrollo". Este nuevo nacionalismo
que quiere enfrentarse al desafío del subdesarrollo es "a la
vez popular, pragmático y convergente". Destaca particularmente
el carácter convergente. Se trata de un nacionalismo convergente
"porque esta nueva conciencia no se encierra en las fronteras nacionales,
sino que se abre a corrientes de interdependencia que, en virtud de
afinidades determinadas por la contigüidad geográfica y
por la similitud de su evolución histórica, se concretan
en acuerdos regionales o subregionales de integración económica
y técnica". Esto se refuerza con la idea que la convergencia
"es lógica consecuencia del proceso de autoafirmación
nacional, ya que sólo a través de aquella los actores
del proceso pueden dar respuestas que estimulen el proceso de la región
en su conjunto, y sobre todo fortalecer los valores culturales propios
y trazar una estrategia que les permita incrementar su presencia y capacidad
de negociar frente a terceros países"_.La idea ya mítica
de esta integración latinoamericana tan deseada por los "grandes",
tan acelerada en los últimos años y tan obvia, por necesaria,
se complementa con una concepción más global y por ello
casi teleológica: en todo el planeta se están produciendo
procesos de integración, América latina no debe quedar
fuera de esta tendencia.III.- Proyecciones: redes intelectuales y sociedad
civil
Pero
hacer historia de las ideas tiene por función, en buena medida,
contribuir a la elaboración de nuevas ideas, de ideas que puedan
expresar nuestras necesidades y proyectos. Quiero, para terminar, proponerles
dos ámbitos de reflexión. El primero es aquel que guarda
relación con las maneras actuales de pensar los procesos de integración;
el segundo es aquel de las propuestas de integración propiamente
tales.
Con
respecto al ámbito de las maneras de pensar la integración,
quiero proponerles cuatro conceptos. Sujetos regionales latinoamericanos.
Lo latinoamericano puede ser pensado desde perspectivas diversas pero
en ocasiones coinciden cercanías geográficas, étnicas,
de formaciones económicas, históricas u otras, constituyendo
de este modo sujetos que no coinciden con los sujetos nacionales, sino
que los cruzan: es el caso del andino, del platino, del amazónico,
del caribeño, del centroamericano. Sub espacios en nuestra América
que se traslapan parcialmente pero que son reconocibles como entidades
capaces de realizar tareas de integración en ámbitos menos
ambiciosos que lo latinoamericano total y por ello con más probabilidades
de éxitos intermedios.
Esto
se articula entonces a un segundo concepto: Integración subregional.
Ésta se ha practicado durante buena parte del siglo y desde los
años 50 con mucha fuerza, aunque no siempre con mucho éxito.
Expresiones de esto han sido el Pacto Andino, el ABC, el Mercado Común
Centroamericano y otras iniciativas que si bien no pueden calificarse
de muy exitosas, al menos han sobrevivido por décadas, han dejado
una experiencia y han permitido construir sobre ellas.
Pero
estos dos no adquieren su verdadera dimensión actual sino cuando
se los piensa articulados a un tercer concepto y que es el de sociedad
civil. Hoy día existe una manera de pensar la integración
tanto desde el Estado como de la sociedad civil. Antes el Estado era
claramente el actor privilegiado, aunque nunca se le pensó como
actor único. El énfasis otorgado a la sociedad civil es
muy importante para pensar la integración cultural y del mundo
intelectual. Esto tiene que ver directamente con la cuestión
de los actores no estatales en el escenario mundial.
También
se articula a esto la idea de lo que llamaré la ciudadanía
progresiva o crecedora. Es decir el hecho que progresivamente, por la
integración, vamos adquiriendo derechos de ciudadanía
más allá del ámbito nacional: libertad de tránsito,
posibilidad de ejercer profesiones, poderes legislativos regionales
(Parlamento Latinoamericano), universidades que otorgan títulos
reconocidos en diversos países, etc.
Quiero
entonces, utilizar estos cuatro conceptos para referirme a las prácticas
de integración, mejor dicho para realizar algunas propuestas,
particularmente en el ámbito de la integración cultural
e intelectual.
Los
sujetos latinoamericanos regionales, la integración subregional,
la sociedad civil y la ciudadanía progresiva creo que nos sirven
particularmente para pensar las redes de intelectuales, de científicos
y agentes culturales.
Las
redes intelectuales han existido desde hace siglos e incluso milenios,
pero las facilidades y el abaratamiento del transporte y la comunicación
(especialmente electrónica) las ha potenciado fuertemente en
las últimas décadas. La frecuencia y la masificación
de los encuentros ha crecido enormemente. Por ejemplo, en los últimos
años del siglo tenemos congresos de cientos y miles de personas
todos los años, cosa que, diré, en los años 70
era casi imposible y en la primera mitad del siglo impensable. Existen
en la actualidad numerosas instituciones, agrupaciones, sociedades científicas
(y me refiero sólo al ámbito de las ciencias sociales
y las humanidades que conozco) que a nivel latinoamericano o del latinoamericanismo
promueven congresos de este tipo de manera periódica y frecuente:
ALAS, IILI, LASA, ADHILAC, SOLAR, AHILA, CEISAL, FIEALC, BRASA, ICA,
entre otras.
¿Qué
quiere decir esto?
Esto
quiere decir que la sociedad civil ha tomado un protagonismo importante
en lo que a integración intelectual y científica se refiere.
Estas organizaciones, instituciones, encuentros, grupos de trabajo no
son promovidos ni financiados por el Estado o por los estados. Ahora
bien, indirectamente sí, en buena medida las personas que participan
reciben subvenciones, salarios, apoyos o becas de los estados y ello
es palmario en el caso brasileño: durante 1998 la participación
de académicos de éste país se vio fuertemente reducida
en los eventos internacionales como producto de la reducción
presupuestaria.
Esto
quiere decir igualmente, y por ello mismo, que lo subregional es clave.
La integración de la intelectualidad y la cultura dependen de
lo económico: transporte y comunicación es dinero. Es
necesario, en consecuencia, plantearse el desafío integrador
considerando nuestras reales posibilidades. Proyectos muy ambiciosos
tenderían a fracasar, estrellados contra nuestra modestia económica.
Consideremos entonces realmente lo conosureño, lo andino, lo
caribeño como instancias verdaderas de integración en
subespacios, sin tener que optar siempre a lo latinoamericano total,
aunque Nuestra América sea nuestra aspiración.
Esta
integración, en cierta manera, apunta a potenciarnos intelectual
y culturalmente unos a otros y ello implica favorecer la posibilidad
de circulación de agentes culturales, de ejercicio de la profesión
más allá de las fronteras del Estado nación, de
circulación de nuestros alumnos para que se instruyan académicamente
pero también para que conozcan vivencialmente la América.
Es clave en este sentido progresar en una ciudadanía continental
cosa a la que sin duda contribuyen no sólo las reuniones de presidentes,
la Organización de Estados Americanos o el Parlamento Latinoamericano
y una eventual Corte de Justicia sino la multiplicidad de formas de
colaboración y coordinación que los ciudadanos podamos
crear y hacer prosperar.
Sería
ingenuo decir que el mito de la integración fue la manera correcta
de poner las cosas en los años 60. Probablemente este mito contribuyó
y dialécticamente obstaculizó la integración.
Simplificando,
puede decirse que en los 60 se creía que la integración,
como la revolución también, estaba en la mano.
No
se produjo el gran hecho integrador ni en los 60 ni en los 70 ni nada
hace pensar que se producirá radicalmente en la primera década
del tercer milenio. Por esto mismo sigue siendo tarea pendiente.
Dejo
estas reflexiones para que en el ámbito del Corredor de las Ideas
se consideren. Se consideren tanto para continuar pensando la integración
como para dar nuevos pasos en esa dirección.
_PAGE
__PAGE _15__ Conferencia presentada en la sesión inaugural del
II Corredor de las Ideas. UNISINOS. San Leopoldo, Porto Alegre, Brasil,
10 de mayo de 1999. Parte de este trabajo corresponde a una ponencia
realizada en el IX Congreso de la Federación Internacional de
Estudios sobre América Latina y el Caribe, FIEALC, realizado
en la Universidad de Tel Aviv, Israel, en abril de 1999._ Investigador
del Instituto de Estudios Avanzados(IDEA)de la Universidad de Santiago
de Chile. Román Díaz 89, Providencia, Santiago. Email:
edeves@lauca.usach.cl
_
HERRERA, Felipe; "Bases para la integración latinoamericana",
en América latina: desarrollo e integración, Emisión,
Santiago, 1986, p.210._ HERRERA, Felipe; "Prólogo" a América
latina integrada, Losada, Buenos Aires, 1964, p.11_ Ibid p.12_ LAGO
CARBALLO, Antonio: "Haya de la Torre. Político intelectual",
en Víctor R. Haya de la Torre, Madrid, Ed. de Cultura Hispánica,
1988_ HERRERA, Felipe "Integración económica y reintegración
política"(1962), reproducido en TOMASSINI, Luciano; Felipe Herrera.
Idealista y realizador, F.C.E., Santiago, 1997, p.278
_
HERRERA, Felipe: "La tarea inconclusa: América latina integrada"
en Política económica en centro y periferia. Ensayos en
homenaje a Felipe Pazos, México, F.C.E., 1976, p.277_ HERRERA,
Felipe: Nacionalismo latinoamericano, Universitaria, Santiago, 1967,
p.165-166_ HERRERA, Felipe; "Misión cumplida", Discurso pronunciado
en la asamblea de gobernadores del BID en Buenos Aires el 01-03-71.
Reproducido en TOMASSINI, Ibid p.253-254