II CORREDOR DE IDÉIAS - II CORREDOR DE LAS IDEAS

INTEGRAÇÃO E GLOBALIZAÇÃO

 

 

 

REDES INTELECTUALES, INTEGRACIÓN Y SOCIEDAD CIVIL EN TORNO A LAS IDEAS DE FELIPE HERRERA

Eduardo Deves Valdés

Quiero comenzar agradeciendo a Antonio Sidekum y a quienes han trabajado con él en la organización de este II Encuentro de El Corredor de las Ideas.

Quiero agradecer también a la UNISINOS por acogernos y dar cabida a esta iniciativa de integración intelectual del Cono Sur.

Quiero agradecer por últimos a los otros dos guías de esta organización, a los profesores Hugo Biagini y Mauricio Langon.

I.- Introducción

Estimadas amigas y amigos:

Hace poco menos de un año se realizó el I Encuentro de El Corredor de las Ideas en Maldonado, Punta del Este, Uruguay. Hemos logrado generar un segundo evento donde se agrupan numerosas personas que ya nos encontramos la vez anterior y otras nuevas. El tema que nos agrupa: los estudios sobre pensamiento y cultura latinoamericanos articulados al desafío de la integración.

Este tipo de temáticas se ha ampliado de manera importante durante los últimos años, posibilitando y motivando, mejor dicho, justificando la creación de una instancia específica que reúna a quienes nos ocupamos de ello en esta franja de Nuestra América.

Ahora bien, quiero plantear de manera más explícita el tema de esta charla: las ideas sobre integración y los circuitos intelectuales que las sustentaron. La tesis que voy a defender es que en los años 60 se elaboró un mito (con todo lo ambiguo de la palabra) sobre la integración, coherente con la sensibilidad de esa década. Ese mito fue elaborado y difundido en el marco de una red de políticos intelectuales que funcionó articulada al circuito de la Comisión Económica para América latina (CEPAL).

Pero antes de intentar la prueba de estas tesis, quiero realizar una serie de propuestas metodológicas que aluden a los estudios sobre el pensamiento latinoamericano y que permiten plantear (y resolver) las tesis antes señaladas.

Es necesario hacer al menos tres ampliaciones metodológicas para abordar el asunto.

1º.- Es necesario ampliar el ámbito de autores estudiados. Numerosas historias de nuestro pensamiento se han referido a unos pocos autores canónicos, clásicos del siglo XIX y primeras décadas del XX, dejando de lado ámbitos sumamente relevantes y que tuvieron impacto decisivo en espacios como el político, el económico, el educativo, particularmente de la segunda mitad del siglo XX. Pero no sólo ejercieron importante impacto, sino que realizaron también aportes decisivos para el desarrollo de las ideas en el continente.

2º.- Es necesario ampliar el ámbito disciplinario para no limitarse a hacer lo que en un momento se llamó injustamente historia de la filosofía latinoamericana, paradigma que dejaba afuera un conjunto de líneas de trabajo de mucho vigor o creatividad y donde se elaboraba un pensamiento particularmente original. Con esta mirada no se podía ver prácticamente el pensamiento surgido en ámbitos como el femenino, el espacio de lo afroamericano, el pensamiento económico, entre varios otros.

3º.- Es necesario ampliar los procedimientos para avanzar tanto en la comprensión como en la explicación de nuestra evolución intelectual. Pienso particularmente en la metodología del estudio de redes intelectuales. Ésta permite, por ejemplo, integrar y superar el asunto de las generaciones, permite igualmente ligar pensamiento y práctica, al menos práctica, política y cultural, permite relacionar a los autores con grupos más amplios y permite entender la inserción institucional de dichos autores.

El caso es particularmente decisivo porque si no realizamos estas tres ampliaciones metodológicas, corremos seriamente el riesgo de pasar por el lado, sin percatarnos de su existencia, de la corriente de ideas más importante de la segunda mitad del siglo XX: el pensamiento de la CEPAL, como ha ocurrido, de hecho, a varios entre quienes han estudiado la historia de nuestras ideas.

No tengo una propuesta para establecer una línea de demarcación entre lo que debemos llamar pensamiento latinoamericano y lo que debemos dejar fuera. No tengo una propuesta epistemológicamente fundada, aunque sí fundada en el sentido común. No puede trazarse esta línea dejando fuera a los sectores que han tenido mayor impacto en su momento y que por ello son claves en la constitución de nuestro pensamiento. El haber trazado esta línea en un mal lugar ha significado otorgar un rol importante a Héctor A. Murena y no mencionar a Raúl Prebisch, destacar a Jackson de Figueiredo y olvidar a Celso Furtado.

La Comisión Económica para América Latina (Cepal) fue creada por las Naciones Unidas a fines de los años 40. Se instaló en Santiago de Chile desde muy temprano guiada por el economista argentino Raúl Prebisch secundando por el brasileño Celso Furtado, así como de un conjunto de economistas y sociólogos que fue creciendo a los largo de los años 50. Este equipo dio origen a una red de personas que sin pertenecer a la institución se identificaban más o menos con sus planteamientos.

Los planteamientos de la Cepal, elaborados o sintetizados por Prebisch y su equipo pueden resumirse como sigue:

1º.- Preocupación por el tema del desarrollo y afán por formular una teoría del desarrollo-subdesarrollo válida para nuestro continente.

2º.- Elaboración de un conjunto de categorías que permitan entender y explicar la realidad económica del continente: centro/periferia, deterioro en los términos del intercambio, desigual repartición de los frutos del progreso tecnológico, por ejemplo.

3º.- Formulación de un plan de trabajo para salir del subdesarrollo, articulado inicialmente sobre la base del concepto de industrialización substitutiva de importaciones.

Ahora bien, esta institución no estuvo exenta de matices y evoluciones. Ya desde fines de los años 50 y durante los 60 fue acentuando nuevas ideas que no se encontraban resaltados en el primer cepalismo o cepalismo clásico. Una cuestión clave en este sentido es el énfasis puesto en las dimensiones sociales o culturales del desarrollo, donde juegan un papel importante autores como José Medina Echavarría y Alberto Baltra Cortés. Esta segunda etapa se encuentra igualmente marcada por la idea de integración que pasa a ser el complemento y en ocasiones la condición del desarrollo. En éstos planteamientos es decisiva la figura de Felipe Herrera.

 

 

II.- Las ideas de Herrera

El tema de la integración ha sido uno de los más abordados por el pensamiento latinoamericano, aunque cambiando énfasis y perspectivas según sean quienes lo han planteado en las diversas épocas. En los años 60, fue tratado de manera específica entroncando con el cepalismo, así como, en menor medida con el ensayismo anterior e incluso con ideas provenientes del siglo XIX. La integración se entendió como articulada al desarrollo, siendo prácticamente necesaria para posibilitarlo. Fue entendida como un proceso global que comprendía o debía comprender todas las dimensiones de la realidad, marcando nítidamente un antes y un después que transformaría al continente; es decir, se constituyó un mito de la integración que no fue sino expresión de la sensibilidad peculiar que animó la década más intensa del siglo en nuestro continente.

Personajes como Felipe Herrera, Raúl Prebisch, José Antonio Mayobre, Eduardo Frei M., Rómulo de Almeyda, Rafael Caldera, Gabriel Valdés, Celso Furtado, Carlos Sans de Santa María o Gustavo Lagos entre otros, son muy relevantes para esta temática. Ellos forman un circuito de pensadores-actores, pues todos ocuparon cargos de relieve en el poder ejecutivo o en organismos internacionales. Sus escritos son, en consecuencia, orientados muy claramente a promover la acción o analizarla e iluminarla. Sólo en términos secundarios se llevan a cabo reflexiones más teóricas desligadas de la práctica. Hay no obstante, por otra parte, también algunos ensayistas y cientistas sociales cuyos planteamientos, si bien comprometidos igualmente en la promoción del proceso integrador, abundarán más en elementos teóricos.

Felipe Herrera fue quien más escribió sobre integración durante los años 60 y quien con mayor fuerza elaboró una serie de planteamientos que configuraron una visión globalizante sobre el tema. Sus ideas acompañaron una abundante práctica integradora. Herrera fue ciertamente un militante de la integración. Ocupó cargos en el gobierno de Chile a mediados de los 50, dirigió el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), contribuyó a la creación del programa de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo (UNCTAD) y trabajó en la UNESCO. Puede afirmarse que fue Herrera quien formuló el mito de la integración; es decir: un corpus teórico globalizante que permite explicar los hechos (en especial las dificultades) a la vez que constituir una propuesta y una solución, corpus a su vez que ordena la historia en un antes y un después otorgándole un sentido teleológico donde hay fechas, acontecimientos y personajes claves.

La forma de presentar sus ideas y los énfasis que establece nos muestran claramente el tipo de sensibilidad que anima a Herrera. Sostiene que frente a los conceptos pragmáticos sobre la integración hay un anhelo de nutrir tales esquemas teóricos con un pensamiento filosófico político que dé a la integración el sentido global que ahora necesita. En otras palabras lo que desea es una integración que vaya más allá de la fundamentada en los conceptos de mercado común, planificación regional y coordinación. Por ello piensa que es urgente formular y hacer general una concepción que vincule las urgencias materiales latinoamericanas con definiciones filosófico políticas capaces de dar sentido a la solución unitaria.

Una de sus propuestas claves en esta dirección es la idea de "nacionalismo continental", que define como un nacionalismo que no surge como ayer de la desmembración, de la atomización, de la proliferación de fronteras sino que, por el contrario, se trata de un nacionalismo emergente que surge de un concepto y de un proceso de reintegración. Este nacionalismo continental no puede fundarse de manera similar a como ha ocurrido con otros nacionalismos pues, son muchos los casos históricos en los cuales la tendencia hacia la identidad nacional no se nutre de la idea de separación o del deseo de individuación, sino que por el contrario se manifiesta como una tendencia hacia la asociación, una marcha hacia el reencuentro con un destino histórico señalado por los siglos y que los acontecimientos habían desviado de ruta, como ha ocurrido con América latina_.Según Herrera, América latina es una gran nación deshecha y es este acontecimiento histórico el que explica las causas y las razones del desencuentro de América latina con su significado potencial en el mundo. Ahora bien, por fortuna, los acontecimientos más recientes parecieran indicar la iniciación de una etapa final en un largo proceso negativo, al ganar vigencia día a día el consenso, tácito o expreso, de que el desafío histórico tiene una sola salida: la integración de América latina_. Allí se concilian futuro y pasado pues, según Herrera, al pretender su integración económica, afirma América latina, en esta búsqueda, la raíz de su propio pasado_. La integración es de este modo la reconstitución de una nación balcanizada por la historia.

Herrera recoge una tradición, incluso más: contribuye a la idea de una tradición al final de la cual él mismo se inserta . Ciertamente la construcción sobre el pasado es parte del mito integrador y ello no sólo a partir de la idea de una nación integrada anterior a las fuerzas centrífugas sino también a partir de la idea de que existió un conjunto de hombres e ideas que desearon vertebrar la nación latinoamericana desmembrada.

En primer lugar, se hace eco de un conjunto de ideas, que en su época, circulaba sobre integración. El componente más obvio es el cepalismo. Herrera reconoce en Prebisch a un maestro. Por esta vía puede suponerse que indirectamente empalma con uno de los maestros del maestro: Alejandro Bunge. Éste había propuesto en los años 20 la "Unión Aduanera del Sud". Reconoce también la influencia recibida de Eugenio Orrego Vicuña, chileno que en los años 30 había propuesto una serie de planes integradores. Durante los 40, su época universitaria, las ideas del aprismo producían bastante impacto en Chile y América latina. Haya había destacado en reiteradas oportunidades su posición latinoamericanista (indoamericanista). En 1925 decía que "uno de los más importantes planes del imperialismo es mantener a nuestra América dividida. América latina unida, federada, formaría uno de los más poderosos países del mundo y sería vista como un peligro para los imperialistas yanquis". Uno de los puntos del programa inicial del APRA había sido "por la unidad política de América latina", como lo marcó en 1926. En 1931 propuso en su candidatura presidencial un programa mínimo que era la concreción de otro máximo que, se decía "no es sino la cristalización del ideal bolivariano"_.En segundo lugar, Herrera se hace eco de una tradición más antigua que hace remontar a los precursores de la Independencia, quienes serían una suerte de prehistoria de Bolivar. Estos fueron ya tempranamente capaces de pensar la nación latinoamericana "lo mismo Miranda con su proyecto de Incanato, que Nariño, Caldas y Espejo en su Escuela de la Concordia". Si fueron capaces de concebirla de esta forma los precursores con mayor razón "en esa nación pensaron los realizadores de nuestra independencia: lo mismo el padre Hildalgo en México, al declararse generalísimo de las Américas, que Belgrano en el Congreso de Tucumán, al hablar de los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica". No se quedaron tampoco atrás San Martín y O'Higgins, Santander y Sánchez Carrión, Morazán y Santa Cruz, todos alimentaron con calor la idea federalista o anfictiónica" y obviamente quien culmina esta etapa del proceso es Bolivar el mantenedor expreso de tal propuesta pretendiendo realizarla en el congreso de Panamá_.A Simón Bolivar lo cita en diversas oportunidades como un personaje clave e incluso escribe largo sobre él. Herrera sin duda se concibe como un Bolivar de los tiempos que corren. Nos dice que Bolivar, los anteriores y muchos de los posteriores, de los grandes, "pensaron en términos continentales". ¿Qué significa que esos grandes del pensamiento latinoamericano hayan pensado en términos continentales? ¿Quiénes son estos "grandes"? Afirma que es oportuno "recordar a nuestro libertador cultural Andrés Bello; a los chilenos Juan Egaña, Lastarria, Bilbao y Vicuña Mackenna; a los argentinos del siglo pasado Echeverría, Alberdi y Sarmiento y en décadas más recientes a Ingenieros, Ugarte, Gálvez y Rojas; en el Caribe a Martí, Hostos y Pedro Henríquez Ureña; en México a Justo Sierra, Vasconcelos y Alfonso Reyes; en la patria centroamericana a José Cecilio del Valle; en Uruguay a Rodó, a Montalvo en Ecuador y en Perú a González Prada y Mariategui_. Insiste justamente en varios de estos personajes puesto que "pertenecen a esa pléyade latinoamericana que con certera intuición de la historia afirmó su convencimiento de que el proceso de integración volvería a tener vigencia en condiciones más propicias"_. De este grupo, es particularmente relevante el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, puesto que pocos como él "percibieron el sentido de identidad y cohesión de América latina". Hostos abogó por la "Federación Antillana", formada por Puerto Rico, Cuba y República Dominicana que, con otras confederaciones parciales, llegará finalmente a conformar una América latina confederada.

La relectura de la historia intelectual y su recepción como un pensamiento para la integración se articula a través de la idea de conciencia continental a una idea del presente como el momento (la hora que ha sonado) de la integración. En el presente culmina una historia de retorno a la época inicial de la unidad y ello es posible, entre otras cosas porque el mundo entero está buscando diversas fórmulas de integración para aumentar la eficiencia y el poder. De este modo la identidad y la utilidad se encuentran.

Sostiene Herrera que durante la última década (1961-1970) en América latina, adquiere especial gravitación el proceso de reafirmación nacional", pero no se trata de un "nacionalismo de viejo cuño". Piensa que tanto en los sectores dirigentes como en las mayorías nacionales ha arriagado "la convicción de que era insoslayable la necesidad de enfrentarse activa y audazmente con las limitaciones internas y externas de nuestro desarrollo". Este nuevo nacionalismo que quiere enfrentarse al desafío del subdesarrollo es "a la vez popular, pragmático y convergente". Destaca particularmente el carácter convergente. Se trata de un nacionalismo convergente "porque esta nueva conciencia no se encierra en las fronteras nacionales, sino que se abre a corrientes de interdependencia que, en virtud de afinidades determinadas por la contigüidad geográfica y por la similitud de su evolución histórica, se concretan en acuerdos regionales o subregionales de integración económica y técnica". Esto se refuerza con la idea que la convergencia "es lógica consecuencia del proceso de autoafirmación nacional, ya que sólo a través de aquella los actores del proceso pueden dar respuestas que estimulen el proceso de la región en su conjunto, y sobre todo fortalecer los valores culturales propios y trazar una estrategia que les permita incrementar su presencia y capacidad de negociar frente a terceros países"_.La idea ya mítica de esta integración latinoamericana tan deseada por los "grandes", tan acelerada en los últimos años y tan obvia, por necesaria, se complementa con una concepción más global y por ello casi teleológica: en todo el planeta se están produciendo procesos de integración, América latina no debe quedar fuera de esta tendencia.III.- Proyecciones: redes intelectuales y sociedad civil

Pero hacer historia de las ideas tiene por función, en buena medida, contribuir a la elaboración de nuevas ideas, de ideas que puedan expresar nuestras necesidades y proyectos. Quiero, para terminar, proponerles dos ámbitos de reflexión. El primero es aquel que guarda relación con las maneras actuales de pensar los procesos de integración; el segundo es aquel de las propuestas de integración propiamente tales.

Con respecto al ámbito de las maneras de pensar la integración, quiero proponerles cuatro conceptos. Sujetos regionales latinoamericanos. Lo latinoamericano puede ser pensado desde perspectivas diversas pero en ocasiones coinciden cercanías geográficas, étnicas, de formaciones económicas, históricas u otras, constituyendo de este modo sujetos que no coinciden con los sujetos nacionales, sino que los cruzan: es el caso del andino, del platino, del amazónico, del caribeño, del centroamericano. Sub espacios en nuestra América que se traslapan parcialmente pero que son reconocibles como entidades capaces de realizar tareas de integración en ámbitos menos ambiciosos que lo latinoamericano total y por ello con más probabilidades de éxitos intermedios.

Esto se articula entonces a un segundo concepto: Integración subregional. Ésta se ha practicado durante buena parte del siglo y desde los años 50 con mucha fuerza, aunque no siempre con mucho éxito. Expresiones de esto han sido el Pacto Andino, el ABC, el Mercado Común Centroamericano y otras iniciativas que si bien no pueden calificarse de muy exitosas, al menos han sobrevivido por décadas, han dejado una experiencia y han permitido construir sobre ellas.

Pero estos dos no adquieren su verdadera dimensión actual sino cuando se los piensa articulados a un tercer concepto y que es el de sociedad civil. Hoy día existe una manera de pensar la integración tanto desde el Estado como de la sociedad civil. Antes el Estado era claramente el actor privilegiado, aunque nunca se le pensó como actor único. El énfasis otorgado a la sociedad civil es muy importante para pensar la integración cultural y del mundo intelectual. Esto tiene que ver directamente con la cuestión de los actores no estatales en el escenario mundial.

También se articula a esto la idea de lo que llamaré la ciudadanía progresiva o crecedora. Es decir el hecho que progresivamente, por la integración, vamos adquiriendo derechos de ciudadanía más allá del ámbito nacional: libertad de tránsito, posibilidad de ejercer profesiones, poderes legislativos regionales (Parlamento Latinoamericano), universidades que otorgan títulos reconocidos en diversos países, etc.

Quiero entonces, utilizar estos cuatro conceptos para referirme a las prácticas de integración, mejor dicho para realizar algunas propuestas, particularmente en el ámbito de la integración cultural e intelectual.

Los sujetos latinoamericanos regionales, la integración subregional, la sociedad civil y la ciudadanía progresiva creo que nos sirven particularmente para pensar las redes de intelectuales, de científicos y agentes culturales.

Las redes intelectuales han existido desde hace siglos e incluso milenios, pero las facilidades y el abaratamiento del transporte y la comunicación (especialmente electrónica) las ha potenciado fuertemente en las últimas décadas. La frecuencia y la masificación de los encuentros ha crecido enormemente. Por ejemplo, en los últimos años del siglo tenemos congresos de cientos y miles de personas todos los años, cosa que, diré, en los años 70 era casi imposible y en la primera mitad del siglo impensable. Existen en la actualidad numerosas instituciones, agrupaciones, sociedades científicas (y me refiero sólo al ámbito de las ciencias sociales y las humanidades que conozco) que a nivel latinoamericano o del latinoamericanismo promueven congresos de este tipo de manera periódica y frecuente: ALAS, IILI, LASA, ADHILAC, SOLAR, AHILA, CEISAL, FIEALC, BRASA, ICA, entre otras.

¿Qué quiere decir esto?

Esto quiere decir que la sociedad civil ha tomado un protagonismo importante en lo que a integración intelectual y científica se refiere. Estas organizaciones, instituciones, encuentros, grupos de trabajo no son promovidos ni financiados por el Estado o por los estados. Ahora bien, indirectamente sí, en buena medida las personas que participan reciben subvenciones, salarios, apoyos o becas de los estados y ello es palmario en el caso brasileño: durante 1998 la participación de académicos de éste país se vio fuertemente reducida en los eventos internacionales como producto de la reducción presupuestaria.

Esto quiere decir igualmente, y por ello mismo, que lo subregional es clave. La integración de la intelectualidad y la cultura dependen de lo económico: transporte y comunicación es dinero. Es necesario, en consecuencia, plantearse el desafío integrador considerando nuestras reales posibilidades. Proyectos muy ambiciosos tenderían a fracasar, estrellados contra nuestra modestia económica. Consideremos entonces realmente lo conosureño, lo andino, lo caribeño como instancias verdaderas de integración en subespacios, sin tener que optar siempre a lo latinoamericano total, aunque Nuestra América sea nuestra aspiración.

Esta integración, en cierta manera, apunta a potenciarnos intelectual y culturalmente unos a otros y ello implica favorecer la posibilidad de circulación de agentes culturales, de ejercicio de la profesión más allá de las fronteras del Estado nación, de circulación de nuestros alumnos para que se instruyan académicamente pero también para que conozcan vivencialmente la América. Es clave en este sentido progresar en una ciudadanía continental cosa a la que sin duda contribuyen no sólo las reuniones de presidentes, la Organización de Estados Americanos o el Parlamento Latinoamericano y una eventual Corte de Justicia sino la multiplicidad de formas de colaboración y coordinación que los ciudadanos podamos crear y hacer prosperar.

Sería ingenuo decir que el mito de la integración fue la manera correcta de poner las cosas en los años 60. Probablemente este mito contribuyó y dialécticamente obstaculizó la integración.

Simplificando, puede decirse que en los 60 se creía que la integración, como la revolución también, estaba en la mano.

No se produjo el gran hecho integrador ni en los 60 ni en los 70 ni nada hace pensar que se producirá radicalmente en la primera década del tercer milenio. Por esto mismo sigue siendo tarea pendiente.

Dejo estas reflexiones para que en el ámbito del Corredor de las Ideas se consideren. Se consideren tanto para continuar pensando la integración como para dar nuevos pasos en esa dirección.

_PAGE __PAGE _15__ Conferencia presentada en la sesión inaugural del II Corredor de las Ideas. UNISINOS. San Leopoldo, Porto Alegre, Brasil, 10 de mayo de 1999. Parte de este trabajo corresponde a una ponencia realizada en el IX Congreso de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe, FIEALC, realizado en la Universidad de Tel Aviv, Israel, en abril de 1999._ Investigador del Instituto de Estudios Avanzados(IDEA)de la Universidad de Santiago de Chile. Román Díaz 89, Providencia, Santiago. Email: edeves@lauca.usach.cl

_ HERRERA, Felipe; "Bases para la integración latinoamericana", en América latina: desarrollo e integración, Emisión, Santiago, 1986, p.210._ HERRERA, Felipe; "Prólogo" a América latina integrada, Losada, Buenos Aires, 1964, p.11_ Ibid p.12_ LAGO CARBALLO, Antonio: "Haya de la Torre. Político intelectual", en Víctor R. Haya de la Torre, Madrid, Ed. de Cultura Hispánica, 1988_ HERRERA, Felipe "Integración económica y reintegración política"(1962), reproducido en TOMASSINI, Luciano; Felipe Herrera. Idealista y realizador, F.C.E., Santiago, 1997, p.278

_ HERRERA, Felipe: "La tarea inconclusa: América latina integrada" en Política económica en centro y periferia. Ensayos en homenaje a Felipe Pazos, México, F.C.E., 1976, p.277_ HERRERA, Felipe: Nacionalismo latinoamericano, Universitaria, Santiago, 1967, p.165-166_ HERRERA, Felipe; "Misión cumplida", Discurso pronunciado en la asamblea de gobernadores del BID en Buenos Aires el 01-03-71. Reproducido en TOMASSINI, Ibid p.253-254

 

 

 

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